Maravilloso desastre Maravilloso Desastre | Seite 290
noche. Estaba segura de que eso es lo que haría (no sería Am erica si no
lo fuera), pero al m enos, si estábam os en público, sería una invectiva
limitada.
Las sem anas de enero pasaron y, después de un encom iable pero
fallido intento de Shepley por recuperar a Am erica, vi cada vez m enos
a am bos prim os. En febrero, de repente, dej aron de ir a la cafetería, y
solo vi a Travis un puñado de veces de cam ino aclase.
La sem ana del día de San Valentín, Am erica y Finch m e invitaron a
ir al Red, y, durante todo el tray ecto hasta el club, tem í encontrarm e
a Travis allí. Entram os y suspiré con alivio al no ver ni rastro de élallí.
—Yo pago las prim eras rondas —dij o Finch, m ientras señalaba una
m esa y se abría paso entre la m ultitud delbar.
Nos sentam os y observam os cóm o la pista de baile pasó de estar
vacía a rebosar de estudiantes universitarios borrachos. Después de la
quinta ronda, Finch nos llevó a la pista de baile, y finalm ente m e sentí
lo suficientem ente relaj ada com o para pasar un buen rato. Brom eam os
y nos chocam os unos contra otros, riéndonos histéricos cuando un hom
bre dio una vuelta a su com pañera de baile, esta se soltó y acabó en el
suelo.
Americalevantó lasmanosymovió losrizosalritmo delamúsica.
Mereíde su característica cara de baile y, entonces, m e detuve abruptam
ente cuando Shepley apareció detrás de ella. Le susurró algo al oído y
ella se dio m edia vuelta. Cruzaron unas palabras y, entonces, Am erica
m e cogió de la m ano y m e llevó a nuestra mesa.
—Por supuesto, la única noche que salim os y él aparece —gruñó
ella. Finch nos traj o dos copas m ás, con un chupito para cada una.
—Pensé que los necesitaríais.
—Y tenías razón.
Am erica se lo bebió echando la cabeza hacia atrás antes de que pu-
diéram os brindar, y y o sacudí la cabeza antes de chocar m i vaso con el
de Finch. Intenté no apartar la m irada de las caras de m is am igos, tem
iendo que, si Shepley estaba allí, Travis no anduviera m uy lejos.
Otra canción em pezó a sonar por los altavoces y Am erica se levantó.
—A la m ierda, no m e voy a quedar sentada en esta m esa el resto de
la noche.
—¡Esa es m i chica! —dij o Finch, siguiéndola a la pista de baile con