de copos de nieve, y m i ira incontrolable pudo m ás que cualquier nece-
sidad de fingir indiferencia.
—Me alegra ver que vuelves a ser el de siem pre, Trav —dij e.
El calor que irradiaba m i cara m e quem aba los oj os y nublaba m i
visión.
—Ya nos íbam os —le gruñó Am erica.
Me cogió de la m ano al pasar j unto a Travis. Baj am os corriendo
las escaleras hacia el coche; agradecí que estuviera a solo unos pasos de
distancia, pues sentía que las lágrim as m e inundaban los oj os. Casi m
e caí hacia atrás cuando m i abrigo se quedó enganchado en algo. Me
solté de la m ano de Am erica, que se dio m edia vuelta al m ism o tiem
po que y o.
Travis estaba allí, agarrando el abrigo, y sentí que las orej as m e ar-
dían a pesar del frío nocturno. Los labios y el cuello de Travis estaban m
anchados de un ridículo roj ointenso.
—¿Adónde vas? —dij o él, con una m irada entre ebria y confusa.
—A casa —le solté, recolocándom e el abrigo cuando m e soltó.
—¿Qué hacías aquí?
Oí la nieve que cruj ía baj o los pies de Am erica, que se había coloca-
do detrás de m í; Shepley baj ó a toda prisa las escaleras y se detuvo
detrás de Travis, m irando con recelo a sunovia.
—Lo siento. Si hubiera sabido que ibas a estar aquí, no habría venido.
Se m etió las m anos en los bolsillos del abrigo.
—Puedes venir siem pre que quieras, Palom a. Nunca he querido
que te alejaras.
No podía controlar la acidez de m i voz.
—No quiero interrum pir. —Miré a lo alto de las escaleras, donde es-
taba Megan con aire petulante—. Disfruta de tu velada —dij e, dándom
e m ediavuelta.
Me cogió del brazo.
—Espera. ¿Te has enfadado? —Solté m i abrigo de su m ano—.
Sabes…, ni siquiera sé por qué m e sorprendo. —Enarcó las cej as—.
Contigo no puedo ganar.
¡No puedo ganar! Dices que hem os acabado… ¡Y y o m e quedo aquí
hecho una m ierda! Tuve que rom per m i teléfono en un m illón de añi-
cos para evitar llam arte cada m inuto de cada m aldito día… Tuve que