dor para barrer el cristal. Jim dio unas palm aditas a sus hij os en los hom
bros y se encogió de hom bros antes de irse a su habitación a dorm ir.
Travis m e puso las piernas sobre su regazo y m e quitó los zapatos,
m ientras m e m asaj eaba las plantas de los pies con los pulgares. Eché
la cabeza hacia atrás ysuspiré.
—Este ha sido el m ej or día de Acción de Gracias desde que m am
á m urió. Levanté la cara para ver su expresión. Su sonrisa estaba teñida
de tristeza.
—Me alegro de haber estado aquí para verlo.
La cara de Travis cam bió y m e preparé para lo que estaba a punto de
decir. Sentía el corazón latiéndom e contra el pecho, esperando que m e
pidiera que volviéram os para poder decirle que aceptaba.
Allí sentada con m i nueva fam ilia, parecía que había pasado toda una
vida desde Las Vegas.
—Soy diferente. No sé qué m e pasó en Las Vegas. Aquel no era y o.
Pensaba en todo lo que podríam os com prar con ese dinero, y en nada
m ás… No veía el daño que te hacía queriendo llevarte de vuelta allí,
aunque creo que, en el fondo, lo sabía. Me m erecía que m e dej aras.
Me m erecía todo el sueño que perdí y el dolor que sentí. Tuve que pasar
por todo eso para darm e cuenta de lo m ucho que te necesitaba, y lo que
estoy dispuesto a hacer para que sigas en m ivida.
Me m ordí el labio, im paciente por llegar a la parte en la que le decía
que sí.Quería que m e llevara a su apartam ento y pasar el resto de la
noche celebrándolo. No podía esperar a relaj arm e en el sofá nuevo con
Toto, m ientras veíamosunapelículaynosreíamoscomosolíamoshacer.
—Has dicho que lo nuestro se ha acabado, y lo acepto. Soy una perso-
na diferente desde que te conocí. He cam biado… para m ej or. Sin em
bargo, por m ucho que lo intente, parece que no hago las cosas bien con-
tigo. Prim ero fuim os am igos, y no puedo perderte, Palom a. Siem pre
te querré, pero veo que no tiene m ucho sentido que intente recuperarte.
No puedo im aginarm e estar con otra persona, pero seré feliz mientras
sigamos siendo amigos.
—¿Quieres que seam os amigos? —pregunté, notando que las pala-
bras m e ardían en la boca.
—Quiero que seas feliz. No me importa lo que sea necesario para
ello.