—Sí, pero porque m e dan náuseas, no porque esté celoso, gilipollas
— respondió Ty ler m ordaz.
—Déj alos tranquilos, Ty —le avisó Jim .
Cuando nos sentam os a cenar, Jim insistió en que Travis trinchara
el pavo, y y o sonreí cuando él se levantó orgulloso para cum plir con
su obligación. Estaba un poco nerviosa hasta que em pezaron a llegarm
e las felicitaciones. Cuando serví elpastel,noquedabaniuntrozodecomida
enlamesa.
—¿He hecho suficiente? —dij e riéndom e.
Jim sonrió, m ientras chupaba el tenedor y se preparaba para el
postre.
—Has hecho m ucha com ida, Abby. Pero creo que queríam os poner-
nos hasta arriba hasta el año que viene…, a m enos que quieras repetir
esto en Navidad. Ahora eres una Maddox. Te espero en todas las fiestas,
y no paracocinar.
Miré de reoj o a Travis, a quien se le había borrado la sonrisa, y se m
e partió el corazón. Tenía que decírselopronto.
—Gracias, Jim .
—No le digas eso, papá —dij o Trenton—. Tiene que cocinar. ¡No
he probado una com ida así desde que tenía cinco años! —Se m etió
m edia rebanada de pastel de nueces en la boca, con un m urm ullo de
satisfacción.
Me sentía en m i casa, sentada a una m esa llena de hom bres que
se inclinaban hacia atrás en sus sillas m ientras se rascaban las barrigas
llenas. Me em bargó la em oción cuando fantaseé sobre Navidad, Pascua
y todas las dem ás fiestas que pasaría en esa m esa. Lo único que quería
era form ar parte de aquella fam ilia rota y ruidosa a la que y aadoraba.
Cuando acabaron con los pasteles, los herm anos de Travis em peza-
ron a recoger la m esa y los gem elos se encargaron de fregar.
—Yo m e ocupo de eso —dij e, m ientras m e ponía de pie. Jim negó
con la cabeza.
—De eso nada. Los chicos pueden solos. Tú llévate a Travis al
sofá y relájate.Habéistrabajadoduro,hermanita.
Los gem elos se salpicaban el uno al otro con el agua de los platos
y Trenton soltó un taco cuando se resbaló en un charco y tiró un plato.
Thom as regañó a sus herm anos, m ientras cogía la escoba y el recoge-