m al com portam iento. Travis se puso de lado para escrutar m i cara
con sus tiernos oj oscastaños.
—Has dicho que solo ibas a besarm e —dij e riéndom e.
Mientras y acía j unto a su piel desnuda, al ver el am or incondicional
que se desprendía de sus oj os, m e olvidé de m i decepción, de m i rabia
y de m i terca decisión. Lo am aba y, por m uchas razones que pudiera
esgrim ir para vivir sin él, sabía que eso no era lo que quería. Aunque m
is ideas no habían cam biado, nos resultaba im posible estar alej ados el
uno del otro.
—¿Por qué no nos quedam os en la cam a todo el día? —dij o con
una sonrisa.
—He venido para cocinar, ¿te acuerdas?
—No, has venido aquí para ay udarm e a cocinar, y no pienso cum plir
con m i obligación durante las próxim as ocho horas.
Le toqué la cara; el ansia por acabar con nuestro sufrim iento se había
vuelto insoportable. Cuando le dij era que había cam biado de opinión y
que quería que las cosas volvieran a la norm alidad, no tendríam os que pa-
sarnos el día fingiendo. En lugar de eso, podríam os pasarlocelebrándolo.
—Travis, creo que…
—No lo digas, ¿vale? No quiero pensar en ello hasta que no tenga
m ás remedio.
Se levantó, se puso los calzoncillos y fue hasta donde estaba m i
bolsa. Dej ó miropasobrelacamay,después,sepusounacamisa.
—Quiero que tengas un buen recuerdo de este día.
Preparé huevos para desay unar y sándwiches para alm orzar; cuando
el partido dio com ienzo, em pecé a organizar la cena. Travis aparecía
detrás de m í siem pre que tenía la oportunidad, y m e abrazaba por la cin-
tura m ientras m e besaba en el cuello. Me descubrí m irando el reloj
, ansiosa por encontrar un m om ento a solas con él para explicarle m i
decisión. Anhelaba ver su m irada y volver a donde estábamos.
El día estuvo lleno de risas, de conversación y de una retahíla de
quej as por parte de Ty ler debido a las constantes m uestras de afecto de
Travis.
—¡Búscate una habitación, Travis! ¡Por Dios! —gruñó Ty ler.
—Vay a…, pero si tu cara está adquiriendo un feo tono verde —se
burló Thomas.