piración de Travis finalm ente se ralentizó y se volvió regular. Antes de
sum irm e en un sueño profundo, parpadeé unas cuantas veces.
—¡Ay ! —grité, j usto antes de apartar la m ano del fogón y chuparm
e la parte quem ada autom áticam ente.
—¿Estás bien, Palom a? —preguntó Travis, m ientras apoy aba los
pies en el suelo y se ponía una cam iseta.
—¡Mierda! ¡El suelo está j odidam ente congelado!
Ahogué una risita m ientras observaba cóm o saltaba sobre un pie y el
otro hasta que las plantas se le aclim ataron al frío de lasbaldosas.
Cuando el sol apenas había asom ado por el horizonte, todos los
Maddox m enos uno seguían durm iendo sonoram ente en sus cam as.
Em puj é la antigua fuente m etálica m ás adentro en el horno y cerré la
puerta, j usto antes de volvermeparaenfriarmelosdedosdebajodelgrifo.
—Puedes volver a la cam a. Acabo de m eter el pavo.
—¿Vienes conm igo? —m e preguntó él, m ientras se rodeaba con los
brazos para resguardarse del aire frío.
—Sí.
—Tú prim ero —dij o él, m oviendo la m ano hacia las escaleras.
Travis se quitó la cam iseta m ientras am bos m etíam os las piernas
baj o las sábanas y nos cubríam os con la m anta hasta el cuello. Me es-
trechó fuertem ente entre sus brazos m ientras tem blábam os, a la espera
de que el calor de nuestros cuerpos calentara el pequeño espacio que
quedaba entre nuestra piel y las sábanas.
Sentí sus labios contra m i pelo, y su garganta se m ovió al hablar.
—Mira, Palom a, está nevando.
Me volví hacia la ventana. Los copos blancos solo se veían a la luz
de la farola.
—Parece Navidad —dij e, cuando por fin notaba que m i piel se ca-
lentaba juntoalasuya.Suspiróymevolvíparamirarloalacara—.¿Quépasa?
—No estarás aquí en Navidad.
—Estoy aquí ahora.
Abrió la boca por un lado y se agachó para besarm e los labios. Me
aparté y sacudí la cabeza.
—Trav…
Me abrazó con m ás fuerza y baj ó la barbilla, con una m irada
de determinaciónensusojosavellana.