Maravilloso desastre Maravilloso Desastre | Seite 271
a Travis en el caso de que cam biara de idea e intentara algo. Cerré los oj
os con fuerza, m e aparté del borde de la cam a y eché a un lado la m anta.
Se m etió a m i lado en la cam a y m e estrechó fuertem ente entre sus
brazos. Su pecho desnudo subía y baj aba con respiraciones irregulares,
y m e m aldij e por sentir tanta paz contra su piel.
—Voy a echar esto de m enos —dij e.
Me besó en el pelo y m e acercó hacia él. Parecía que no m e tenía
nunca lo suficientem ente cerca. Enterró la cara en m i cuello y apoy é
la m ano en su espalda para consolarlo, aunque y o tenía el corazón tan
roto com o él. Contuvo un suspiro y apretó su frente contra m i cuello,
m ientras m e clavaba los dedos en la piel de la espalda. Por m uy tristes
que estuviéram os la últim a noche de la apuesta,aquelloeramucho,mu
chopeor.
—No…, no creo que pueda con esto, Travis.
Me abrazó m ás fuerte y noté cóm o la prim era lágrim a se m e derram
aba desde el oj o por la sien.
—No puedo hacerlo —dij e, cerrando con fuerza los oj os.
—Pues no lo hagas —respondió contra m i piel—. Dam e otra
oportunidad.
Intenté salir de debaj o de él, pero m e agarraba con dem asiada fuerza
com o para poder escapar. Me cubrí la cara con las dos m anos y am bos
nos m ovim os al ritm o de m is sollozos silenciosos. Travis m e m iró con
los oj os entrecerrados y húm edos. Me apartó la m ano de los oj os con
sus dedos largos y delicados, y m e besó en la palm a. Se m e entrecortó
la respiración cuando m e m iró prim ero a los labios y luego a los oj os.
—Nunca am aré a nadie com o te am o a ti, Palom a. Me sorbí las
lágrim as y le toqué la cara.
—No puedo.
—Lo sé —dij o él, con voz rota—. Jam ás conseguí convencerm e de
ser lo bastante bueno para ti.
Arrugué la cara y sacudí la cabeza.
—No eres solo tú, Trav. No som os buenos el uno para el otro.
Sacudió la cabeza, com o si quisiera decir algo, pero se lo hubiera
pensado m ej or. Después de una respiración larga y profunda, apoy ó
la cabeza sobre m i pecho. Cuando los núm eros verdes del reloj , que
estaba al otro lado de la habitación, m arcaron las once en punto, la res-