peli o…
—¡No voy a quedarme en casa de tu padre! La tristeza se hizo evi-
dente en su rostro.
—Vale…, supongo que…, que nos verem os por la m añana.
Dio un paso atrás y cerré la puerta, apoy ándom e en ella. Todas
las em ociones contenidas hervían en m i interior, y solté un suspiro de
exasperación. Con la cara de decepción de Travis todavía fresca, abrí la
puerta, salí y descubrí que iba andando lentam ente por el pasillo m ien-
tras m arcaba un núm ero en su teléfono.
—Travis, espera. —Se dio m edia vuelta y la m irada de esperanza de
sus oj os m e hizo sentir un pinchazo de dolor en el pecho—. Dam e un
m inuto para recoger unas cuantas cosas.
Una sonrisa de alivio y agradecim iento se extendió en su cara y m e
siguió hasta m i habitación; desde el um bral m e observó guardar unas
cuantas cosas en una bolsa.
—Te sigo queriendo, Palom a. No levanté la m irada.
—No sigas. No hago esto por ti. Contuvo un suspiro.
—Lo sé.
El viaj e hasta casa de su padre transcurrió en silencio. Sentía el co-
che cargado de nervios, y m e resultaba difícil sentarm e sin m overm
e sobre los fríos asientos de cuero. Cuando llegam os, Trenton y Jim sa-
lieron al porche con una gran sonrisa. Travis sacó nuestro equipaj e del
coche y Jim le dio unas palm aditas en laespalda.
—Me alegro de verte, hij o.
Su sonrisa se ensanchó cuando m e m iró.
—Abby Abernathy, esperam os im pacientes la cena de m añana. Ha
pasado muchotiempodesdeque…,bueno,hapasadomuchotiempo.
Asentí y seguí a Travis al interior de la casa. Jim se puso las m anos
sobre su prom inente barriga y se rio.
—Os he puesto en la habitación de invitados, Trav. Supongo que no te
apetecerá dem asiado pelearte con los gem elos en tu habitación.
Miré a Travis. Era doloroso ver sus dificultades para expresarse.
—Abby …, bueno…, se…, se quedará en la habitación de invitados,
y y o m e iré a la m ía.
Trenton puso una cara rara.
—¿Por qué? ¿No ha estado quedándose en tu apartam ento?