—Actúas com o si te estuviera pidiendo que te prendieras fuego.
—¡Deberías habérselo dicho!
—Lo haré. Después de Acción de Gracias…, se lo contaré todo.
Suspiré m ientras m iraba a lo lej os.
—Si m e prom etes que esto no es ninguna artim aña para intentar
que volvamosaestarjuntos,loharé.
Asintió.
—Te lo prom eto.
Aunque intentó ocultarlo, pude ver un brillo en sus oj os. Apreté los
labios para intentar no sonreír.
—Nos vem os a las cinco.
Travis se inclinó para darm e un beso en la m ej illa, y sus labios ro-
zaron m i piel.
—Gracias, Palom a.
Am erica y Shepley m e esperaban en la puerta de la cafetería y
entram os juntos.Cogíloscubiertosylabandeja,ydejécaersobreellamiplato.
—¿Qué m osca te ha picado, Abby ? —preguntó Am erica.
—No puedo irm e m añana con vosotros. Shepley se quedó
boquiabierto.
—¿Te vas a casa de los Maddox?
Am erica m e fulm inó con la m irada.
—¿Que vas adónde?
Suspiré y m etí m i identificación del cam pus en el caj ero.
—Cuando estábam os en el avión de regreso, le prom etí a Trav que
iría.
—En su defensa —em pezó a decir Shepley —, debo decir que no
pensaba que acabarais rom piendo de verdad. Pensaba que volveríais.
Cuando se dio cuenta de que ibas en serio, y a era dem asiado tarde.
—Eso son chorradas, Shep, y lo sabes —dij o Am erica entre dien-
tes—. No tienes que ir si no quieres, Abby.
Tenía razón. No podía decirse que no tuviera opción, pero era incapaz
de hacerle eso a Travis. Aunque lo odiara, cosa que no ocurría.
—Si no voy, tendrá que explicarles por qué no he aparecido y no quie-
ro arruinarle su día de Acción de Gracias. Todos van a acudir a casa
pensando que y o voy aestar.
Shepley sonrió.