—Bésam e —susurró él, con su boca contra la m ía.
Mantuve los oj os y la boca cerrados, relaj ada en sus brazos. Necesité
hacer acopio de todas m is fuerzas para no m over la boca con la suy a,
después de haber anhelado sus labios durante toda la sem ana.
—¡Bésam e! —m e suplicó—. ¡Por favor, Palom a! ¡Le dij e que no!
Cuando sentí el calor de las lágrim as surcándom e la cara fría, lo
aparté de un em puj ón.
—¡Déj am e en paz, Travis!
Solo m e había alej ado unos m etros cuando m e cogió por la m uñe-
ca. Dej é el brazo recto y m uy estirado detrás de m í. No m e volví.
—Te lo estoy suplicando.
Se puso de rodillas baj ándom e el brazo y tirando de él.
—Te lo ruego, Abby. No hagas esto.
Me volví y vi su expresión agónica, y después m is oj os baj aron des-
de m is brazo hasta el suy o, en cuy a m uñeca doblada estaba escrito m i
nom bre en gruesas letras negras. Desvié la m irada hacia la cafetería. Me
había dem ostrado lo que había tem ido desde el principio. Por m ucho
que m e quisiera, cuando hubiera dinero de por m edio, siem pre sería la
segunda. Igual que conMick.
Si cedía, o bien cam biaría su opinión sobre Benny, o bien alim entaría
un rencor hacia m í que crecería cada vez que el dinero pudiera haberle
facilitado la vida.Loimaginéconuntrabajodeoficina,volviendoa casa con-
la misma m irada en sus oj os que tenía Mick cuando regresaba después
de una noche de m ala suerte. Sería culpa m ía que su vida no fuera lo
que él deseaba, así que no podía perm itir que m i futuro estuviera lleno
de la am argura y el rencor que había dej adoatrás.
—Suéltam e, Travis.
Después de varios m om entos, finalm ente m e soltó el brazo. Corrí a
la puerta de cristal y la abrí de un tirón sin volverm e a m irar atrás. Todos
los que estaban allí dentro se quedaron observándom e m ientras y o
cam inaba hacia el bufé, y j usto cuando llegué a m i destino la gente
inclinó la cabeza para m irar por las ventanas al exterior, donde Travis
estaba de rodillas, con las palm as planas sobre elsuelo.
Verlo tirado así en el pavim ento hizo que las lágrim as que había
estado reprim iendo em pezaran a brotar y a caerm e por la cara.
Pasé j unto a los m ontones de platos y bandej as, y corrí por el pasillo