quieres.
Todo será com o solía ser…, solo tienes que perdonarm e.
Cerré los oj os.
—Som os una parej a disfuncional, Travis. Creo que estás obsesiona-
do con la idea de poseerm e m ás que con cualquier otra cosa.
—Eso no es cierto. Te quiero m ás que a m i vida, Palom a —dij o él,
herido.
—A eso m e refiero exactam ente. Es una locura.
—No es ninguna locura. Es la pura verdad.
—Bien…, entonces, ¿en qué orden te im portan las cosas exactam
ente? ¿El dinero, y o, tu vida…? ¿O hay algo que te im porta m ás que
el dinero?
—Me doy cuenta de lo que he hecho, ¿vale? Entiendo por qué pien-
sas eso, pero, si hubiera sabido que te ibas a m archar, nunca habría…
Solo quería cuidar deti.
—Eso y a lo dij iste.
—Por favor, no hagas esto. No puedo soportar sentirm e así… Me…,
m e está matando —dijo él, exhalando como silo hubieran obligado
asoltarelaire.
—Se acabó, Travis. Él parpadeó.
—No digas eso.
—Se acabó. Vete a casa.
—Enarcó las cej as.
—Tú eres m i casa.
Sus palabras se clavaron en m í com o cuchillos, y noté una opresión
tan fuerte en el pecho que m e costaba respirar.
—Tú tom aste tu decisión, Trav. Y y o, ahora, he tom ado la m
ía —dij e, maldiciendoparamisadentroseltemblordemivoz.
—No m e voy a acercar ni a Las Vegas, ni a Benny … Acabaré la
universidad. Pero te necesito. Eres m i m ej or am iga.
Su voz sonaba desesperada y rota, lo que encaj aba con su expresión.
En la penum bra, podía ver que una lágrim a le caía del oj o, y al m
om ento siguiente se acercó a m í, y estaba entre sus brazos, con sus la-
bios sobre los m íos. Me apretó contra su pecho con fuerza m ientras m
e besaba, y después m e cogió la cara entre sus m anos, apretando sus
labios contra m i boca, desesperado por conseguir unareacción.