—Puedo recogerte y llevarte a algún sitio para cenar —dij o Am erica.
Pasé las páginas de m i libro de historia, saltándom e aquellas en
cuy os márgenesTravishabíagarabateadonotasdeamor.
—No, es tu prim era noche con Shep en casi una sem ana, Mare.
Sim plem ente, m e pasaré un m om ento por la cafetería.
—¿Estás segura?
—Sí, saluda a Shep de m i parte.
Cam iné lentam ente hacia la cafetería, sin prisa por sufrir las m ira-
das de quienes ocupaban las m esas. Todo el cam pus hervía con la
ruptura, y el comportamientovolátildeTravisnoayudaba.
Justo cuando aparecieron ante m í las luces de la cafetería, vi que se
acercaba una figura oscura.
—¿Palom a?
Me sobresalté y m e detuve en seco. Travis salió a la luz, sin afeitar
y pálido.
—¡Cielo santo, Travis! ¡Me has dado un susto de m uerte!
—Si contestaras al teléfono cuando te llam o, no tendría que acechar
en la oscuridad.
—Tienes un aspecto infernal —dij e.
—He baj ado por allí una o dos veces esta sem ana. Apreté los brazos
a m i alrededor.
—Lo cierto es que iba a buscar algo de com er. Te llam o luego, ¿vale?
—No. Tenem os que hablar.
—Trav…
—He rechazado la oferta de Benny. Lo llam é el m iércoles y le dij e
que no.
Había un destello de esperanza en sus oj os, pero desapareció al ver
m i expresión.
—No sé qué quieres que diga, Travis.
—Dim e que m e perdonas. Dim e que volverás a salir conm igo.
Apreté los dientes y m e prohibí llorar.
—No puedo.
La cara de Travis se arrugó en una m ueca. Aproveché la oportunidad
para rodearlo, pero él dio un paso a un lado para interponerse en m i cam
ino.
—No he dorm ido, ni com ido…, no puedo concentrarm e. Sé que me