—¿Palom a?
—Me llevo m is cosas a Morgan. Allí hay m uchas lavadoras y seca-
doras, y tengo una cantidad escandalosa de ropa para lavar.
Frunció el ceño.
—¿Te ibas sin decírm elo?
Miré a Am erica y después a Travis, m ientras buscaba la m entira m
ás creíble.
—Iba a volver, Trav. Estás hecho un puñetero paranoico —dij o Am
erica con la sonrisa desdeñosa que había usado para engañar a sus padres
m uchasveces.
—Oh —dij o él, todavía inseguro—. ¿Te quedas aquí esta noche?
—m e preguntó, pellizcándom e la tela del abrigo.
—No lo sé. Supongo que depende de cuándo acabe de hacer la cola-
da. Travis sonrió y m e acercó a él.
—Dentro de tres sem anas, pagaré a alguien para que te haga la cola-
da. O puedes tirar la ropa sucia y com prarte nueva.
—¿Vas a volver a luchar para Benny otra vez? —preguntó Am erica,
sin salir de su asombro.
—Me ha hecho una oferta que no podía rechazar.
—Travis —em pezó a decir Shepley.
—Chicos, no m e deis el coñazo. Si Palom a no m e ha hecho cam biar
de opinión, vosotros no lo conseguiréis.
Am erica m e m iró a los oj os y com prendió lo que pasaba.
—Bueno, será m ej or que te llevem os, Abby. Vas a tardar un m ontón
en lavar esa pila de ropa.
Asentí y Travis se inclinó para besarm e. Lo acerqué m ás, sabiendo
que esa sería la últim a vez que sintiera sus labios contra los m íos.
—Nos vem os después —dij o él—. Te quiero.
Shepley m etió m i m aleta en el Honda, y Am erica se sentó al vo-
lante, a m i lado. Travis cruzó los brazos sobre el pecho, charlando con
Shepley m ientras Americaencendíaelmotor.
—No puedes quedarte en tu habitación esta noche, Abby. Irá a bus-
carte allí directam ente en cuanto averigüe lo que ocurre —dij o Am
erica m ientras salía marchaatráslentamentedelaparcamiento.
Los oj os se m e llenaron de lágrim as que rodaron por m is m ej illas.
—Lo sé.