puedo creerm e que tan siquiera lo estés considerando! ¿De verdad que
vas a sopesar trabaj ar para un hom bre que nos habría pegado una trem
enda paliza a los dos ay er por la noche si no se lo hubieras impedido?
—Exactam ente, se lo im pedí.
—Trataste con dos de sus pesos ligeros, Travis. ¿Qué vas a hacer si
aparece con una docena? ¿Qué harás si viene a por m í, después de algu-
na de tuspeleas?
—No tendría ningún sentido que hiciera eso. Le haré ganar m ontones
de dinero.
—En el m om ento en que decidas que no vas a hacerlo nunca m ás,
serás prescindible. Así trabaj a esta gente.
Travis se alej ó de m í para m irar por la ventana; las luces que parpa-
deaban daban color a sus rasgos en conflicto. Había tom ado su decisión
incluso antes de ir a contármela.
—Todo irá bien, Palom a. Me aseguraré de que así sea. Y, entonces,
podrem os asentarnos.
Sacudí la cabeza y m e di la vuelta para seguir m etiendo nuestra ropa
en las m aletas. Cuando aterrizáram os en la pista, en casa, volvería a
ser él m ism o de nuevo. Las Vegas hacía que la gente se com portara de
form a extraña, y no podía razonar con él m ientras estuviera em briagado
por el fluj o de dinero ywhisky.
Me negué a seguir discutiéndolo hasta que llegam os al avión, tem
erosa de que Travis m e dej ara irm e sin él. Me abroché el cinturón
del asiento y apreté los dientes al ver cóm o m iraba m elancólico por
la ventana m ientras ascendíam os por el cielo nocturno. Ya añoraba la
perversión y las tentaciones sin límites que una ciudad com o Las Vegas
ofrecía.
—Es m ucho dinero, Palom a.
—No.
Sacudió la cabeza hacia m í.
—Es m i decisión. Me parece que no estás considerando todos los
aspectos.
—Pues a m í m e parece que tú has perdido la cabeza.
—¿Ni siquiera piensas considerarlo?
—No, y tam poco tú. No vas a trabaj ar para un crim inal asesino
en Las Vegas, Travis. Es com pletam ente ridículo que pensaras que