conm igo.
Lentam ente, dij e que no con la cabeza, vacilante, porque sabía que
iba a herir amiamigomásantiguo.
—Lo am o, Jess.
Su decepción oscureció la ligera sonrisa de su cara.
—Entonces será m ej or que te vay as.
Lo besé en la m ej illa y salí volando del restaurante a coger un taxi.
—¿Adónde vam os? —preguntó el conductor.
—A Zero’s.
El conductor se volvió para m irarm e y m e echó un buen vistazo.
—¿Está segura?
—Desde luego. ¡Vam os! —dij e, lanzando dinero sobre el asiento.