—Bueno, y o tam poco quiero que vay as a cenar con tu exnovio m
añana por la noche. Supongo que los dos tendrem os que pasar por el aro
para salvar al inútilde tupadre.
Lo había visto antes. Las Vegas cam biaba a la gente: creaba m ons-
truos y destrozaba a los hom bres. Era fácil dej ar que las luces y los
sueños robados se m ezclaran con tu sangre. Había visto la m irada llena
de energía e invencible de Travis m uchas veces m ientras crecía, y la
única cura era un avión de vuelta a casa.
Jesse frunció el entrecej o cuando volví a m irar el reloj .
—¿Tienes que estar en algún otro sitio, Cookie? —preguntó Jesse.
—Por favor, dej a de llam arm e así, Jesse. Lo detesto.
—Yo tam bién detesté que te fueras. Pero eso no te lo im pidió.
—Esta conversación está m ás que agotada. Cenem os y y a está,
¿vale?
—Vale, hablem os de tu nuevo novio. ¿Cóm o se llam a? ¿Travis?
—Asentí—.
¿Qué haces con ese psicópata tatuado? Parece que lo hay an echado
de la fam ilia Manson.
—Sé bueno, Jesse, o m e largo de aquí.
—No m e hago a la idea de lo m ucho que has cam biado. No puedo
creerm e que estés aquí sentada delante de m í.
Puse los oj os en blanco.
—Pues y a va siendo hora.
—Ahí está —dij o Jesse—, la chica que recuerdo. Consulté la hora
en m i reloj .
—La pelea de Travis es dentro de veinticinco minutos. Será mejor
que me vaya.
—Todavía tienen que traernos el postre.
—No puedo, Jess. No quiero que se preocupe por si voy a apa-
recer. Es importante.
Dej ó caer los hom bros.
—Lo sé. Añoro los días en los que y o era im portante. Apoy é m i m
ano sobre la suy a.
—Éram os solo unos niños. Ha pasado toda una vida.
—¿Cuándo crecim os? Tu presencia aquí es una señal, Abby. Pensaba
que no volvería a verte y ahora te tengo sentada aquí delante. Quédate