—Vay a, vay a…, veo que has dej ado de ser el Trece de la Suerte,
¿verdad? Mick no m e ha dicho que te habías convertido en una chica tan
guapa. Te esperaba, Cookie. Creo que tienes un dinero que m epertenece.
Asentí y Benny señaló a m is am igos. Levanté el m entón para fingir
confianza.
—Vienen conm igo.
—Me tem o que tus acom pañantes tendrán que esperar fuera —dij o
el portero en un tono anorm alm ente profundo y baj o.
Travis inm ediatam ente m e cogió por el brazo.
—No va a ninguna parte sola. Voy con ella.
Benny m iró a Travis y tragué saliva. Cuando Benny levantó la m
irada hacia su portero y sonrió, m e relaj é unpoco.
—Me parece bien —dij o Benny —. Mick estará encantado de saber
que traes a un am igo tan lealcontigo.
Antes de seguirlo dentro, m e volví y vi la m irada de preocupación
en la cara de Am erica. Travis m e suj etaba con fuerza por el brazo y
se puso, a propósito, entre el portero y y o. Seguim os a Benny hasta el
interior de un ascensor, subim os cuatro pisos en silencio y, entonces, las
puertas seabrieron.
Había un gran escritorio de caoba en el centro de una am plia habita-
ción. Benny fue coj eando hasta su luj oso sillón y se sentó, m ientras nos
hacía un gesto para que ocupáram os los dos asientos vacíos que había
delante de su m esa. Cuando m e acom odé, sentí el frío cuero debaj o de
m í y m e pregunté cuántas personas se habrían sentado en esa m ism a
silla m om entos antes de su muerte.
Alargué el brazo para coger a Travis de la m ano y él m e la estrechó
para tranquilizarm e.
—Mick m e debe veinticinco m il. Confío en que tengas todo el dine-
ro —dij o Benny, garabateando algo en un bloc.
—De hecho… —Hice una pausa para aclararm e la garganta—. Me
faltan cinco m il, Benny. Pero tengo todo el día de m añana para con-
seguirlos. Y cinco m il no son un problem a, ¿verdad? Sabes que soy lo
bastante buena para conseguirlos.
—Abigail —dij o Benny frunciendo el ceño—, m e decepcionas.
Sabes m uy bien cuáles son m is reglas.
—Por… por favor, Benny. Te pido que aceptes los diecinueve m il.