en algo. Asentí, al tiem po que m e apartaba de él.
—Lo sé. Has hecho lo que has podido. Me levantó la barbilla con el
dedo.
—Nos vem os m añana a las cinco.
Se agachó para besarm e en la com isura del labio y se alej ó sin decir
otra palabra. Miré a Am erica, que observaba a Travis. No m e atreví a m
irarlo a los ojos;nopodíaniimaginarmelaexpresióndeenfadodesurostro.
—¿Qué pasa a las cinco? —dij o Travis, con la voz quebrada por la
ira contenida.
—Ha aceptado cenar con Jesse si él la dej aba quedarse. No tenía m
ás opción, Trav —dij o Am erica.
Por el tono cauto de la voz de Am erica, sabía que el enfado de
Travis era monumental.
Alcé los oj os hacia él, y m e fulm inó con la m ism a m irada de quien
se siente traicionado que Mick tenía la noche en que se dio cuenta de que
y o le había robado su suerte.
—Sí, la tenías.
—¿Alguna vez has tratado con la m afia, Travis? Lo siento si he heri-
do tus sentim ientos, pero una com ida gratis con un viej o am igo no es
un precio alto por salvar la vida de Mick.
Veía que Travis quería contraatacar, pero no había nada que pudiera
decir.
—Vam os, chicos, tenem os que encontrar a Benny —dij o Am eri-
ca, tirándom e delbrazo.
Travis y Shepley nos siguieron en silencio m ientras baj ábam os por
el Strip hasta el edificio de Benny. El tráfico en la calle (tanto de coches
com o de personas) solo em pezaba a concentrarse. A cada paso que
daba, m e em bargaba una sensación de angustia y vacío en el estóm ago,
m ientras m i m ente se apresuraba para encontrar un argum ento convin-
cente que hiciera que Benny entrara en razón. Para cuando llegam os ante
la gran puerta verde que tantas veces había visto y llam am os, no se m
e había ocurrido nada que pudierautilizar.
No fue ninguna sorpresa ver al enorm e portero (negro, de aspecto
tem ible y tan ancho com o alto), pero m e sorprendió encontrar a Benny
de pie a sulado.
—Benny —dij e con un suspiro.