toda m i atención a los j ugadores.
—¿Caballeros?
—Siéntate, Shirley Tem ple —dij o Jim m y —. Vam os a recuperar
nuestro dinero. No nos gusta que nos estafen.
—Les deseo lo peor —sonreí.
—Tienes diez m inutos —susurró Am erica.
—Lo sé —dij e.
Intenté olvidarm e del tiem po y de los golpecitos nerviosos que daba
Am erica con la rodillas por debaj o de la m esa. El bote estaba en dieci-
séis m il dólares, el m ás alto de la noche, y m e lo j ugaba a todo onada.
—Nunca he visto a nadie com o tú, chica. Has hecho prácticam ente
una partida perfecta. Y no tiene ningún tic, Winks. ¿Te has dado cuenta?
—dijo Pauli.
Winks asintió, su alegre despreocupación se había evaporado poco a
poco con cada m ano.
—Me he fij ado. Ni se rasca, ni sonríe, ni siquiera hay cam bio algu-
no en su mirada.Noesnatural.Todoelmundotienealgoquelodelata.
—No, todo el m undo no —dij o Am erica, petulante.
Sentí unas m anos fam iliares sobre los hom bros. Sabía que era Travis,
pero no m e atreví a volverm e, no con tres m il dólares sobre la m esa.
—Voy —dij o Jim m y.
La m uchedum bre que se había reunido a nuestro alrededor aplaudió
cuando enseñé m is cartas. Jim m y era el único que podía acercarse a m
í con un trío. Nada que m i escalera de color no pudierabatir.
—¡Increíble! —dij o Pauli, lanzando sus dobles parej as sobre la
mesa.
—Me retiro —gruñó Joe, antes de levantarse y largarse furioso de la
m esa. Jim m y estaba un poco m ás alegre.
—Después de esta noche, m e puedo m orir tranquilo. Me he enfrenta-
do a un contrincante de verdadera altura. Ha sido un placer, Abby.
Me quedé helada.
—¿Lo sabía?
Jim m y sonrió. Los años de fum ar puros y beber café habían m an-
chado sus enorm es dientes.
—Ya había j ugado contigo antes. Hace seis años. He deseado la re-
vancha durante m ucho tiem po.