Levanté la m irada hacia el hom bre enj uto que m ascaba un palillo y,
com o meimaginaba,meguiñóunojo.
Asentí y esperé con fingida excitación a que repartieran la prim era m
ano. Perdí las dos prim eras a propósito, pero en la cuarta, y a iba ganan-
do. Aquellos veteranos de Las Vegas no tardaron m ucho en sospechar de
m í, tal y com o había hecho Thom as.
—¿Has dicho que j ugabas por Internet? —preguntó Pauli.
—Y con m i padre.
—¿Eres de aquí? —preguntó Jim m y.
—De Wichita —dij e.
—Esta no es ninguna j ugadora online. Eso os lo aseguro —m asculló
Mel.
Una hora después m e había quedado con doscientos setenta dólares
de m is oponentes, y em pezaban a sudar.
—No voy —dij o Jim m y, tirando sus cartas con el ceño fruncido.
—Si no lo veo, no lo creo —oí detrás de m í.
Am erica y y o nos volvim os a la vez y m is labios se extendieron
en una am pliasonrisa.
—Jesse. —Sacudí la cabeza—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Estás esquilm ando m i local, Cookie. ¿Qué haces tú aquí?
Puse los ojos en blanco y me volví hacia mis suspicaces nuevos
amigos.
—Sabes que odio ese apodo, Jess.
—Discúlpennos —dij o Jesse, tirándom e del brazo para ponerm e en
pie. Am erica m e m iró con recelo m ientras m e alej aba unos m etros.
El padre de Jesse dirigía el casino, y era m ás que sorprendente que
hubiera decidido unirse al negocio fam iliar. Solíam os perseguirnos por
los pasillos del hotel escaleras arriba, y siem pre le ganaba cuando ha-
cíam os carreras de ascensores. Había crecido desde la últim a vez que lo
había visto. Lo recordaba com o un adolescente desgarbado; el hom bre
que tenía delante de m í era un supervisor de m esas de casino im peca-
blem ente vestido, en absoluto desgarbado y ciertam ente hecho todo un
hom bre. Seguía teniendo la piel sedosa y m orena y los oj os verdes que
recordaba, pero el resto era una agradablesorpresa.
Los iris esm eralda de sus oj os relucían con las luces brillantes.
—Esto es surrealista. Me pareció que eras tú cuando pasé por aquí,