arnos entrar. Pasam os j unto a varias filas de tragaperras, las m esas de
black j ack, y entonces nos detuvim os j unto a la ruleta. Escruté el local
exam inando las diferentes m esas de póquer, hasta que m e fij é en la que
j ugaban los hom bres de m ás edad.
—Esa —dij e, señalándola con la cabeza.
—Em pieza agresiva, Abby. Ni se darán cuenta de qué ha pasado.
—No. Son perros viej os de Las Vegas. Tengo que j ugar con cautela
esta vez. Cam iné hasta la m esa, con m i sonrisa m ás encantadora.
Los locales podían oler a un estafador a kilóm etros, pero tenía dos
cosas a favor que tapaban el arom a a cualquier engaño: j uventud… y
un par detetas.
—Buenas tardes, caballeros. ¿Les im porta si m e uno a ustedes? No
levantaron la m irada.
—Claro, m uñequita. Coge un asiento y ponte guapa. Pero no hables.
—Quiero j ugar —dij e, dándole a Am erica m is gafas de sol—. No
hay suficiente acción en las m esas de black j ack.
Uno de los hom bres con un puro en la boca dij o:
—Esta es una m esa de póquer, princesa. Tradicional. Prueba suerte
en las tragaperras.
Me senté en el único sitio vacío y crucé las piernas con gran
ostentación.
—Siem pre he querido j ugar al póquer en Las Vegas. Y tengo todas
estas fichas… —dij e, al tiem po que dej aba m i pila de fichas en la m
esa—, y soy m uy buena por Internet.
Los cinco hom bres m iraron m is fichas y luego a m í.
—Hay una apuesta m ínim a, encanto —dij o el crupier.
—¿De cuánto?
—Quinientos, tesoro. Mira…, no quiero hacerte llorar. Hazte un favor
y elige una reluciente tragaperras.
Em puj é m is fichas hacia delante, encogiéndom e de hom bros tal y
com o haría una chica inocente y confiada antes de darse cuenta de que
acaba de perder todo su dinero para la universidad. Los hom bres se m
iraron entre sí. El crupier se encogió de hom bros y barajó.
—Soy Jim m y —dij o uno de los hom bres, tendiéndom e la m ano.
Cuando se la estreché, señaló a los dem ás—. Mel, Pauli, Joe y ese es
Winks.