Maravilloso desastre Maravilloso Desastre | Seite 228
inutos m ás a m i m aquillaj e. Cuando acabé, m is oj os em pezaron a
desteñirse.
—Maldita sea, Abby, no llores —dij e, levantando la m irada y secán-
dom e la parte inferior de los oj os con un papel.
—No tienes que hacer esto. No le debes nada.
Am erica m e puso las m anos sobre los hom bros m ientras m e m
iraba en el espej o una últim a vez.
—Debe dinero a Benny, Mare. Si no lo hago, lo m atarán.
Su expresión era de piedad. La había visto m irándom e así m uchas
veces antes, pero en esa ocasión estaba desesperada. Le había visto arrui-
narm e la vida másvecesdelasqueningunadelasdospodíamoscontar.
—¿Y qué pasará la próxim a vez? ¿Y la vez siguiente a esa? No pue-
des seguir haciendo esto.
—Aceptó m antenerse lej os de m í. Mick Abernathy puede ser m
uchas cosas, pero no falta a su palabra.
Salim os al pasillo y entram os en el ascensor vacío.
—¿Tienes todo lo que necesitas? —pregunté, sin olvidarm e de las
cám aras. Am erica golpeó su carné de conducir falso con las uñas y
sonrió.
—Me llam o Candy. Candy Crawford —dij o ella en su im pecable
acento sureño.
Le tendí la m ano.
—Jessica Jam es. Encantada de conocerte, Candy.
Después de ponernos las gafas de sol, adoptam os una actitud fría
cuando el ascensor se abrió, revelando las luces de neón y el bullicio del
casino. Había gente por todas partes, m oviéndose en todas las direccio-
nes. Las Vegas era un infierno celestial, el único sitio en el que se pue-
den encontrar bailarinas con llam ativas plum as y elaborado m aquillaj
e, prostitutas con insuficiente aunque aceptable atractivo, hom bres de
negocios con traj es luj osos y fam ilias enteras en elmismoedificio.
Recorrim os pavoneándonos un pasillo delim itado por cuerdas roj as
y le entregam os nuestras identificaciones a un hom bre con una chaqueta
roj a. Se quedómirándomeunmomentoymebajélasgafas.
—Sería genial poder entrar en algún m om ento a lo largo de hoy —
dij e, hastiada.
Nos devolvió nuestras identificaciones y se apartó a un lado para dej