—Llevó a una chica a su casa por m í una vez. Ahora actúa com o si
siem pre tuviera que entrar en escena para salvar a todas las estudiantes
novatas que m e heligado.
Le lancé una m irada irónica por el rabillo del oj o.
—¿Te he dicho alguna vez lo m ucho que odio esa palabra?
—Lo siento —dij o, acercándom e a él.
Se encendió un cigarrillo y dio una profunda calada. El hum o que
soltó era m ás espeso de lo habitual al m ezclarse con el aire del invierno.
Volvió la m ano y observó durante un buen rato su muñeca.
—¿Te parece m uy raro que este tatuaj e no solo se hay a convertido
en m i favorito, sino que adem ás m e haga sentir cóm odo saber que está
ahí?
—Pues sí, es bastante raro. Travis enarcó una cej a y m ereí.
—Solo brom eo. No acabo de entenderlo, pero es dulce…, m uy al
estilo TravisMaddox.
—Si es tan genial llevar esto en el brazo, ni m e im agino cóm o será
ponerte un anillo en el dedo.
—Travis…
—Dentro de cuatro o cinco años —continuó.
—Uf… Tenem os que ir m ás despacio.
—No em pieces con eso, Palom a.
—Si seguim os a este ritm o, acabaré de am a de casa y em barazada
antes de graduarm e. No estoy lista para m udarm e contigo, no estoy lista
para un anillo y, desde luego, no estoy lista para form ar una fam ilia.
Travis m e agarró por los hom bros y m e dio la vuelta para que lo m
irara de frente.
—Este no será el discursito de « quiero que veam os a otra gente» ,
¿no?
Porque no estoy dispuesto a com partirte. ¡Joder! De ninguna m anera.
—No quiero a nadie m ás —dij e, exasperada.
Se relaj ó y m e soltó los hom bros, apoy ándose en la verj a.
—Entonces, ¿qué quieres decir? —m e preguntó él, m irando al
horizonte.
—Solo digo que necesito ir m ás despacio. Nada m ás. Él asintió,
claram ente disgustado. Le toqué el brazo.
—No te enfades.