Maravilloso desastre Maravilloso Desastre | Page 222

—Parece que dam os un paso hacia delante y dos hacia atrás, Palom a. Cada vez que creo que estam os en la m ism a sintonía, levantas un m uro entre nosotros. No lo pillo…, la m ay oría de las chicas acosan a sus novios para que vay an en serio, para que hablen de sus sentim ientos, para que den el siguientepaso… —Pensaba que y a habíam os dej ado claro que no soy com o la m ay oría de las chicas. Dej ó caer la cabeza, frustrado. —Estoy cansado de conj eturas. ¿Adónde crees que va esto, Abby ? Apreté los labios contra su cam isa. —Cuando pienso en m i futuro, te veo a ti en él. Travis se relaj ó y m e acercó a él. Nos quedam os observando las nubes nocturnas m overse por el cielo. Las luces de la universidad sal- picaban el bloque oscuro, y los asistentes a la fiesta se suj etaban los gruesos abrigos y se apresuraban a refugiarse en la calidez del edificio de laherm andad. En los oj os de Travis descubrí la m ism a paz que solo había visto un puñado de veces, y m e im presionó pensar que, igual que las otras no- ches, su expresión de satisfacción era resultado directo de m i consuelo. Sabía por experiencia propia qué era la inseguridad, la de aquellos que soportaban un golpe de m ala suerte tras otro, de hom bres que se asus- taban de su propia som bra. Era fácil tem er el lado oscuro de Las Vegas, el lado que las luces de neón y los brillos no parecían tocar j am ás. Sin em bargo, a Travis Maddox no le asustaba pelear, defender a alguien que le im portara o m irar a los oj os hum illados y enfadados de una m uj er despechada. Podía entrar en una habitación y sostener la m irada de alguien el doble de grande que él, puesto que creía que nadie lo tocaría, que era capaz de vencer cualquier cosa que intentara hacerlocaer. No le asustaba nada. Hasta que m e conoció a m í. Yo era la única parte m isteriosa de su vida, era su com odín, la va- riable que no podía controlar. Aparte de los instantes de paz que le había proporcionado, cualquier otro m om ento de cualquier otro día, la agita- ción que sentía sin m í era diez veces peor en m i presencia. Cada vez le costaba m ás controlar la ira que se apoderaba de él. Ser la excepción y a no era algo m isterioso o especial. Me había convertido en su debilidad. Igual que había pasado con m ipadre.