Clavó los dedos en m is caderas y m e acercó m ás a él.
—Estás tan increíblem ente sexi cuando te enfadas —susurró contra
m is labios.
—Vale —dij e suspirando—, y a m e he calm ado.
Sonrió com placido porque su plan de distracción había funcionado.
—Todo sigue igual, Palom a. Solo tú y y o.
—Estáis com o cabras —dij o Shepley, sacudiendo la cabeza.
AmericalediounapalmaditajuguetonaaShepleyenelhombro.
—Abby tam bién ha com prado algo para Travis hoy.
—¡Am erica! —la regañé.
—¿Has encontrado un vestido? —preguntó él sonriendo.
—Sí —lo rodeé con las piernas y los brazos—. Mañana será tu turno
de alucinar.
—Lo espero con im paciencia —dij o él, m ientras m e baj aba de la
encim era.
Me despedí de Am erica con la m ano m ientras Travis m e llevaba
por el pasillo.
El viernes después de clase, Am erica y y o pasam os la tarde en el centro,
arreglándonos y m im ándonos. Nos hicieron la m anicura y la pedicura,
nos depilaron con cera el vello que sobraba, nos bronceam os y nos hi-
cim os m echas. Cuando volvim os al apartam ento, todas las superficies
estaban cubiertas de ram os de rosas. Roj as, rosas, amarillas y blancas:
parecía una floristería.
—¡Oh, Dios m ío! —gritó Am erica cuando entró por la puerta.
Shepley m iró a su alrededor, orgulloso.
—Fuim os a com praros flores, pero los dos pensam os que un solo
ram o no era suficiente.
Abracé a Travis.
—Chicos sois…, sois increíbles. Gracias. Me dio una palm adita en
la trasero.
—Treinta m inutos para irnos a la fiesta, Palom a.
Los chicos se vistieron en la habitación de Travis, m ientras noso-
tras nos m etíam os en nuestros vestidos en la de Shepley. Justo cuando
m e ponía m is zapatos de tacón plateados, llam aron a lapuerta.