éssobrelosblandoscojines.
—¿Has com prado uno nuevo? —pregunté con una sonrisa de orej a
a orej a.
—Sí, y he hecho un par de cosas m ás. Gracias, chicos —dij o, m
ientras los transportistas levantaban el viej o sofá y se iban por donde
habían venido.
—Ahí se van un m ontón de recuerdos —ironicé.
—Ninguno que quiera recordar. —Se sentó a m i lado y suspiró, ob-
servándom e durante un m om ento antes de quitarse el esparadrapo
que suj etaba la gasa de su brazo—. Por favor, te pido que noalucines.
En m i m ente se agolparon la conj eturas sobre lo que podía ocultar
ese vendaj e. Me im aginé una quem adura, o puntos, o alguna otra cosa
igual de truculenta.
Apartó el vendaj e y y o ahogué un grito al ver el sim ple tatuaj e
negro sobre la parte interior de su m uñeca; la piel de alrededor todavía
estaba roj a y brillante por el antibiótico que se había untado. Sacudí la
cabeza sin poder creer la palabra que estaba leyendo.
Paloma
—¿Te gusta? —m e preguntó.
—¿Te has tatuado m i nom bre en la m uñeca? —dij e esas palabras,
pero no reconocía m i propia voz. Mi m ente se dispersó en m últiples
ideas, y aun así conseguí hablar con un tono de voz tranquilo y hom
ogéneo.
—Sí.
Me besó en la m uñeca m ientras y o no dej aba de m irar la tinta perm
anente ensupiel,sin creerloqueveíanmisojos.
—Intenté disuadirlo, Abby. Lleva bastante tiem po sin com eter nin-
guna locura.
Creo que tenía m ono —dij o Shepley, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué te parece? —m e aprem ió Travis.
—No sé qué pensar —dij e.
—Deberías habérselo preguntado prim ero, Trav —dij o Am erica, m
eneando la cabeza y tapándose la boca con los dedos.
—¿Preguntarle qué? ¿Si podía hacerm e un tatuaj e? —Se volvió ha-