—¡Sigo siendo solo y o! —Me llevé la palm a de la m ano al pecho,
desesperada por que m e comprendiera.
—Sí, pero…
—Pero nada. La form a en la que m e m iras ahora es precisam ente
el m otivo por el que no te había contado nada. —Cerré los oj os—. No
quiero vivir así nunca m ás, Trav. Ni siquiera contigo.
—¡Eh! Cálm ate, Palom a. No saquem os las cosas de quicio. —Su m
irada se centró y se acercó a abrazarm e—. No m e im porta qué eres o
qué no eres. Te quiero sin m ás.
—Entonces tenem os eso en com ún. Me llevó hasta la cam a son-
riéndom e.
—Som os tú y y o contra el m undo, Palom a.
Me acurruqué a su lado. Nunca había planeado que alguien aparte de
m í y de Am erica se enterara de lo de Mick, y nunca había esperado que
m i novio perteneciera a una fam ilia de chiflados por el póquer. Solté un
profundo suspiro y apreté la m ej illa contra su pecho.
—¿Qué ocurre? —m e preguntó.
—No quiero que nadie m ás lo sepa, Trav. Ni siquiera quería que tú
lo supieras.
—Te quiero, Abby. No volveré a m encionarlo, ¿vale? Tu secreto está
a salvo conm igo —dij o, antes de darm e un beso en la frente.
—Señor Maddox, ¿cree que podría reprim irse un poco hasta después
de la clase?
—dij o el profesor Chaney com o reacción a las risitas que m e provo-
caban los besos de Travis en el cuello.
Me aclaré la garganta, m ientras notaba que se m e ruborizaban las m
ej illas de la vergüenza.
—No estoy seguro, doctor Chaney. ¿Ha visto usted bien a m i chica?
—dij o Travis, señalándom e.
Las risas resonaron por toda la sala y noté que m e ardía la cara. El
profesor Chaney m e m iró con una expresión entre divertida e incóm
oda, y después
sacudió la cabeza en dirección a Travis.
—Haga lo que pueda —dij o Chaney.
La clase volvió a reírse, y y o m e hundí en el asiento. Travis apoy