—¿Enfadado contigo? —dij o él—. Estoy tan excitado que no puedo
pensar con claridad. Acabas de robar a los gilipollas de m is herm anos
su dinero sinpestañear, has alcanzado la categoría de ley enda con m i
padre y sé a ciencia cierta que perdiste a propósito la apuesta que hicim
os antes de m ipelea.
—Yo no diría eso… Levantó el m entón.
—¿Creías que ganarías?
—Bueno…, no, la verdad es que no —dij e, m ientras m e quitaba los
tacones. Travis sonrió.
—Así que querías estar aquí conm igo. Creo que acabo de enam
orarm e de ti otra vez.
—¿Cóm o es posible que no estés enfadado? —le pregunté, m ientras
guardaba los zapatos en el arm ario.
Suspiró y asintió.
—Es un asunto bastante im portante, Palom a. Deberías habérm elo
contado. Pero com prendo por qué no lo hiciste. Viniste aquí escapando
de todo eso. Pero ahora es com o si el cielo se hubiera despej ado…, todo
cobra sentido.
—Es un alivio.
—El Trece de la Suerte —dij o él, sacudiendo la cabeza y quitándom
e la cam iseta por lacabeza.
—No m e llam es así, Travis. No es algo positivo.
—¡Joder! ¡Eres fam osa, Palom a! —dij o él, sorprendido por m is
palabras.
Me desabrochó los pantalones y m e los baj ó hasta los tobillos, ay
udándom e a salir de ellos.
—Mi padre me odió después de eso. Todavía me culpa de sus
problemas
Travis se libró de su cam iseta y m e abrazó contra él.
—Todavía no m e creo que la hij a de Mick Abernathy esté de pie
delante de m í. Llevo contigo todo este tiempo y no tenía ni idea.
Me aparté de él.
—¡No soy la hij a de Mick Abernathy, Travis! Eso es lo que dej é
atrás. Soy Abby. ¡Solo Abby ! —dij e, cam inando hacia el arm ario.
Saqué una cam iseta de una percha y m e la puse. Él suspiró.
—Lo siento. Soy un poco m itóm ano.