ciéndom e el pelo con un dedo.
Thom as sacudió la cabeza.
—No, Mick dio esa entrevista. Dij o que a las doce de la noche de
tu decim otercer cum pleaños se le agotó lasuerte.
—Y em pezó la tuy a —añadió Travis.
—¡Te criaron unos m afiosos! —dij o Trent, sonriendo de em oción.
—Eh…, no —solté una carcaj ada—. No m e criaron, solo… venían
m ucho a casa.
—Eso fue una m aldita vergüenza, no fue j usto que Mick arrastrara
tu nom bre por el barro en todos los periódicos. Eras solo una niña —dij
o Jim , sacudiendo la cabeza.
—Com o m ucho, era la suerte del principiante —dij e, intentando
desesperadam ente ocultar m i hum illación.
—Mick Abernathy te enseñó a j ugar —dij o Jim , sacudiendo la
cabeza asom brado—. Jugabas contra profesionales y ganabas a los trece
años, por Dios santo. —Miró a Travis y sonrió—. No apuestes contra
ella, hij o. Nuncapierde.
Travis m e m iró; por su expresión era evidente que seguía conm
ocionado y desorientado.
—Bueno… Tenem os que irnos, papá. Adiós, chicos.
La charla profunda y exaltada de la fam ilia de Travis se fue desva-
neciendo conform e cruzam os la puerta y llegam os a su m oto. Me
recogí el pelo en un m oño y m e subí la crem allera de la chaqueta,
esperando a que él hablara. Se subió a la m oto sin decir una palabra y m
e senté a horcaj adas en el asiento tras él.
Estaba segura de que pensaba que no había sido honesta con
él, y probablem ente le avergonzaba haberse enterado de una par-
te tan im portante de m i vida al m ism o tiem po que su fam ilia.
Creía que m e esperaba una pelea enorm e cuando volviéram os a
su apartam ento, así que preparé una docena de disculpas distin-
tas m entalm ente antes de llegar a la puerta principal. Me llevó de
lamanoporelpasilloydespuésmeayudóaquitarmelachaqueta.
Tiré del m oño que llevaba en lo alto de la cabeza, y el pelo m e cay ó
en gruesas ondas sobre los hom bros.
—Sé que estás enfadado —dij e, incapaz de m irarlo a los oj os—.
Siento no habértelo dicho, pero es algo de lo que no m e gusta hablar.