—Tengo fe en la capacidad de Travis para enseñarm e —dij e. Uno de
los gem elos se puso a aplaudir.
—¡Genial! ¡Esta noche m e voy a hacer rico!
—Em pecem os poco a poco esta vez —dij o Jim , lanzando una ficha
de cinco dólares.
Trenton los vio, y Travis m e extendió las cartas en abanico.
—¿Has j ugado a las cartas alguna vez?
—Hace bastante —asentí.
—El Uno no cuenta, Polly anna —dij o Trenton, m ientras m iraba
sus cartas.
—Cierra esa bocaza, Trent —dij o Travis, alzando la m irada hacia
su hermano,antesdevolverabajarlaamimano.
—Tienes que buscar las cartas m ás altas, núm eros consecutivos y m
ej or si son del m ism o palo.
En la prim era m ano, Travis m e m iró las cartas y y o m iré las
suy as. Básicam ente, asentí y sonreí, j ugando cuando se m e de-
cía. Tanto Travis com o yo perdimos, ymisfichashabían menguado
alfinaldelaprimeraronda.
Después de que Thom as repartiera para em pezar la segunda ronda,
no dej é que Travis viera m is cartas.
—Creo que puedo sola —dij e.
—¿Estás segura? —m e preguntó.
—Sí, cariño.
Tres m anos después, había recuperado m is fichas y había m asa-
crado los m ontones de fichas de los dem ás con una parej a de ases, una
escalera y con la carta m ásalta.
—¡Mierda! —se quej ó Trenton—. ¡Maldita suerte del principiante!
—Esta chica aprende rápido, Trav —dij o Jim , m oviendo la boca sin
soltar el puro.
Travis dio un trago a su cerveza.
—¡Me estás haciendo sentir orgulloso, Palom a!
Le brillaban los oj os de em oción; su sonrisa era diferente a todas las
que había visto antes.
—Gracias.
—Los que no sirven para actuar, enseñan —dij o Thom as, burlón.
—Muy gracioso, gilipollas —m urm uró Travis.