—Dej em os algo claro: no eres un pedazo de m ierda, eres genial. Da
igual que alguien m e invite a una copa o a bailar, o que intenten flirtear
conm igo. Con quien m e voy a casa es contigo. Me has pedido que con-
fíe en ti, pero tú no pareces confiar en mí.
Frunció el ceño.
—Eso no es verdad.
—Si crees que te voy a dej ar por el prim er chico que aparezca, en-
tonces es que no tienes m ucha fe en m í.
Me agarró con m ás fuerza.
—No soy lo bastante bueno para ti, Palom a. Eso no significa que no
confíe en ti. Solo m e preparo para loinevitable.
—No digas eso. Cuando estam os a solas, eres perfecto. Som os per-
fectos. Perodespués dej as que cualquiera lo arruine. No espero que
cam bies com pletam ente de la noche a la m añana, pero tienes que elegir
tus batallas. No puedes acabar peleándote cada vez que alguien m e mire.
Él asintió.
—Haré todo lo que quieras. Solo… dim e que m e quieres.
—Sabes que es así.
—Necesito oírtelo decir —pidió, j untando las cej as.
—Te quiero —dij e, m ientras tocaba sus labios con los m íos—.
Ahora dej a de com portarte com o un crío.
Él se rio y se m etió en la cam a conm igo. Pasam os la hora si-
guiente sin m overnos, baj o las sábanas, entre risas y besos, y apenas
nos dim os cuenta de que Kara había regresado de laducha.
—¿Podrías salir? Tengo que vestirm e —dij o Kara a Travis, m ientras
se anudaba con m ás fuerza el albornoz.
Travis m e besó en la m ej illa y después salió al pasillo.
—Nos vem os en un segundo.
Me dej é caer sobre la alm ohada, m ientras Kara rebuscaba en su arm
ario.
—¿Por qué estás tan contenta? —rezongó ella.
—Por nada —respondí con un suspiro.
—¿Sabes
quéeslacodependencia,Abby?Tunovioesunejemplodem
anual, lo que resulta escalofriante teniendo en cuenta que ha pasado
de no tener respeto alguno hacia las m uj eres a pensar que te necesita
pararespirar.