—Son las ocho de la m añana, Mare. Probablem ente sigan desm ay
ados.
En ese preciso m om ento, oí una tenue llam ada a la puerta. El brazo
de Kara salió despedido de debaj o de la colcha y giró el pom o.
La puerta se abrió lentam ente y vi a Travis en el um bral.
—¿Puedo entrar? —preguntó en voz baj a y áspera. Los círculos púr-
pura de debaj o de sus oj os daban cuenta de su falta de sueño, si es que
había llegado a pegar oj o en algún m om ento.
Me senté en la cam a, sorprendida por su aspecto exhausto.
—¿Estás bien?
Entró y cay ó de rodillas delante de m í.
—Lo siento m ucho, Abby, de verdad, lo siento —dij o él m ientras
m e rodeaba con los brazos por la cintura, con la cabeza enterrada en m
i regazo.
Mecí su cabeza en m is brazos y levanté la m irada hacia Am erica.
—Eh… Creo que m ej or m e voy —dij o incóm oda, m ientras bus-
caba el pom o de la puerta.
Kara se frotó los oj os y suspiró; después cogió su neceser con las
cosas para laducha.
—Siem pre estoy m uy lim pia cuando estás por aquí, Abby —gruñó
ella, cerrando la puerta de un golpe tras de sí.
Travis m e m iró.
—Sé que siem pre m e com porto com o un loco cuando se trata de
ti, pero Dios sabe que lo intento, Palom a. No quiero j oder lo nuestro.
—Pues entonces no lo hagas.
—Esto es difícil para m í, ¿sabes? Siento que en cualquier segundo te
vas a dar cuenta del pedazo de m ierda que soy y m e vas a dej ar. Ay er,
m ientras bailabas, observé a una docena de tíos m irándote. Entonces te
fuiste a la barra, y te vi dando las gracias a ese tío por la copa. Después,
a ese im bécil de la pista de baile no se le ocurrió otra cosa que cogerte.
—Sí, pero y o no voy dando puñetazos a todas las chicas que hablan
contigo. Adem ás, no puedo quedarm e encerrada en el apartam ento todo
el tiem po. Vas a tener que controlar ese m al carácter tuy o.
—Lo haré. Nunca antes había querido tener novia, Palom a. No es-
toy acostum brado a sentir esto por alguien…, por nadie. Si eres pacien-
te, te j uro que encontraréelmododemanejarlo.