ahora m ism o veo banderas roj as por todas partes!
—Nunca he pegado a una chica en m i vida —dij o él, sorprendido
por m is palabras.
—¡Y no estoy dispuesta a ser la prim era! —añadí, tirando de la
puerta—.
¡Apártate, j oder!
Travis asintió y después dio un paso atrás. Me senté al lado de Am eri-
ca y cerré de un golpe la puerta. Echó m archa atrás, y Travis se inclinó
a m irarm e a por laventanilla.
—¿Me llam arás m añana, verdad? —suplicó, con la m ano en el
parabrisas.
—Vám onos y a, Mare —dij e, negándom e a m irarlo a los oj os.
La noche fue larga. No dej é de m irar el reloj , y m e sentía m al cada
vez que veía que había pasado otra hora. No podía dej ar de pensar en
Travis y en si lo llam aría o no, preguntándom e si él tam bién estaría
despierto. Finalm ente, com o últim o recurso, m e puse los auriculares
del iPod en los oídos y escuché todas las canciones repugnantes de m i
lista de reproducción a todo volumen.
Cuando m iré el reloj por últim a vez, eran m ás de las cuatro. Los páj
aros cantaban y a j unto a m i ventana, y sonreí cuando em pecé a notar
los oj os pesados. Parecía que habían pasado solo unos m inutos cuando
oí que llam aban a la puerta, y Am erica irrum pió en lahabitación.
Me quitó los auriculares de los oídos y se dej ó caer en m i silla de
escritorio.
—Buenos días, encanto. Tienes un aspecto horrible —dij o ella. De su
boca, salió una burbuj a rosa, que hizo estallar ruidosam ente.
—¡Cierra el pico, Am erica! —dij o Kara desde debaj o de las sábanas.
—Te das cuenta de que es inevitable que dos personas de carácter,
com o Trav y tú, se peleen, ¿no? —dij o Am erica, m ientras se lim aba
las uñas, sin dej ar de m ascar una enorm e bola dechicle.
Me giré en la cam a.
—Estás oficialm ente despedida. Eres una conciencia terrible. Se rio.
—Es que te conozco; si te diera m is llaves ahora m ism o, irías con-
duciendo hasta allí.
—Desde luego que no.
—Lo que tú digas —contestó en tono cantarín.