Me reí y sacudí la cabeza por la m ueca que estaba poniendo. Cuando
y a m e iba, m e cogió el brazo. No tardé m ucho en darm e cuenta de que
no m e estaba cogiendo sin m ás, sino para buscar protección.
—¡Eh! —gritó él, m irando m ás allá de m í con los oj os com o platos.
Travis le im pedía llegar a la pista de baile y lanzó un puñetazo di-
rectam ente a la cara del pirata. La fuerza del im pacto nos envió a am
bos al suelo. Con las palm as de la m ano sobre el pavim ento de m
adera, parpadeé asom brada y sin creer lo que pasaba. Cuando sentí algo
cálido y húm edo en la m ano, m e volví y retrocedí. Estaba cubierta de
la sangre de la nariz del hom bre. Se tapaba la m ano con la cara, pero
el brillante líquido roj o le caía por el antebrazo m ientras se retorcía de
dolor en elsuelo.
Travis se apresuró a recogerm e, parecía tan conm ocionado com o yo
—¡Oh, m ierda! ¿Estás bien, Palom a?
Cuando m e puse de pie, m e solté el brazo que m e estaba cogiendo.
—¿Te has vuelto loco?
Am erica m e cogió de la m uñeca y tiró de m í entre la m ultitud hasta
llegar al aparcam iento. Shepley abrió las puertas y, cuando m e acom
odé en el asiento, Travis se volvió hacia m í.
—Lo siento, Palom a. No sabía que te estaba agarrando.
—¡Tu puño ha pasado a escasos centím etros de m i cara! —dij e,
cogiendo la toalla m anchada de grasa que Shepley m e había lanzado.
Asqueada, m e sequé la sangre de la m ano.
La seriedad de la situación m e ensom breció el gesto, m ientras él
ponía expresión de sufrim iento.
—No m e habría vuelto a pegarle un puñetazo si hubiera sabido que
podía darte. Lo sabes,¿no?
—Cállate, Travis. De verdad, será m ej or que te calles —dij e, con la
m irada fij a en la parte posterior de la cabeza deShepley.
—Palom a… —em pezó a decir Travis.
Shepley golpeó el volante con la parte inferior de la palma de la mano.
—¡Cierra el pico, Travis! Ya has dicho que lo sientes, ¡ahora cierra la
puta boca!
Llegam os a casa en el m ás absoluto silencio. Shepley echó hacia de-
lante su asiento para dej arm e salir del coche y m iré a Am erica,
que asintió com prendiendo lo que lepedía.