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— Si duermes con él, no quiero saberlo. Iré a la cárcel mucho tiempo si me entero de que él …, simplemente no me lo digas.
— Travis— suspiré—. ¡ No puedo creer que estés diciendo lo que dices!— dije poniéndome la mano en el pecho—. ¡ Yo no he …! ¡ Ah! No importa.
Empecé a andar alejándome de él, pero me agarró el brazo e hizo que me diera la vuelta hasta que lo tuve de frente.
—¿ Qué es lo que no has hecho?— preguntó, serpenteando un poco. No respondí, no tenía por qué. Podía ver la luz de reconocimiento iluminar su cara y me reí.—¿ Eres virgen?—¿ Y qué?— dije, mientras notaba cómo me ardían las mejillas. Sus ojos se apartaron de los míos, intentando enfocar la mirada mientras pensaba con dificultad por culpa del whisky.— Por eso estaba America tan segura de que no llegaría muy lejos.— Tuve el mismo novio durante los cuatro años de la escuela secundaria.
¡ Aspiraba a ser joven ministro baptista! ¡ Nunca lo consiguió! La rabia de Travis se desvaneció, y el alivio se le transparentó en los ojos.—¿ Un joven ministro? ¿ Qué sucedió después de toda su duramente conseguida abstinencia?— Quería casarse y quedarse en … Kansas. Yo no. Quería cambiar de tema desesperadamente. La risa en los ojos de Travis era muy humillante. No quería que siguiera hurgando en mi pasado. Dio un paso hacia mí y me agarró la cara con las dos manos.— Virgen— dijo, meneando la cabeza hacia los lados—. Nunca lo hubiera imaginado después de verte bailar en el Red.— Muy gracioso— dije subiendo las escaleras en tromba. Travis intentó seguirme pero resbaló, se cayó rodando de espaldas y gritando histéricamente.—¿ Qué haces? ¡ Levántate!— dije, ayudándolo a ponerse en pie. Me agarró con un brazo alrededor del cuello, y lo ayudé a ponerse en pie en las escaleras. Shepley y America estaban ya en la cama, así que, sin nadie a la vista que pudiera echar una mano, me quité los zapatos de un puntapié para evitar romperme los tobillos mientras llevaba a Travis andando a duras penas hasta el dormitorio. Se cayó en la cama de espaldas arrastrándome con él.
Cuando aterrizamos, mi cara estaba a unos centímetros de la suya. Su expresión era repentinamente seria. Se incorporó un poco, casi besándome, pero lo empujé para apartarlo. Sus cejas se enarcaron.— Déjalo ya, Trav— dije. Me mantuvo apretada contra él hasta que dejé de pelear y luego me arrancó el tirante del vestido haciendo que se me cayera del hombro.
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