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sus llamadas.— Me miró de reojo y abrió la puerta del taxi, ofreciéndome la mano—. Estamos en el aeropuerto, America. ¿ Por qué no vienes con Shep a recogernos y así podrás gritarnos a los dos de camino a casa? Sí, durante todo el trayecto hasta casa. Deberíamos llegar alrededor de las tres. Muy bien, Mare. Nos vemos entonces.— Torció el gesto por sus palabras cortantes y entonces me entregó el teléfono—. No exagerabas. Está cabreada.
Dio la propina al conductor y después se echó su bolsa sobre el hombro y sacó el asa de mi maleta de ruedas. Sus brazos tatuados se tensaron mientras tiraba de mi equipaje y alargaba el brazo para cogerme de la mano.
— No me puedo creer que le dieras carta blanca para gritarnos durante una hora entera— dije, siguiéndolo por la puerta giratoria.— No creerás de verdad que voy a dejar que grite a mi mujer, ¿ no?— Se te ve muy cómodo con ese término.— Supongo que va siendo hora de que lo admita. Sabía que ibas a ser mi mujer desde el mismo instante en que te conocí. Tampoco te voy a mentir: he estado esperando que llegara el día en que pudiera decirlo …, así que voy a abusar del tratamiento. Deberías ir haciéndote a la idea.
Lo dijo con tanta naturalidad como si fuera un discurso que hubiera practicado. Le respondí con una carcajada y apretándole la mano.— No me molesta. Me miró por el rabillo del ojo.—¿ No? Negué con la cabeza y me acercó a él para besarme la mejilla.— Bien. Te vas a hartar de oírlo durante los próximos meses, pero dame algo de margen, ¿ vale?
Lo seguí por los pasillos, las escaleras mecánicas y las colas de los controles de seguridad. Al cruzar Travis el detector de metales, se disparó una alarma estruendosa. Cuando el guardia del aeropuerto le pidió a Travis que se quitara el anillo, este puso cara seria.— Yo se lo guardo, señor— dijo el oficial—. Solo será un momento.— A ella le he prometido que nunca me lo quitaría— dijo Travis entre dientes.
El oficial le tendió la mano con la palma hacia arriba; se mostró paciente e incluso debimos de resultarle graciosos a juzgar por las arruguitas que se le formaron en la piel de alrededor de los ojos.
Travis se quitó el anillo de mala gana y lo dejó en la mano del guardia. Cuando cruzó el arco de seguridad, suspiró. La alarma no se había disparado, pero seguía estando molesto. Yo pasé sin ninguna incidencia, después de entregar también mi anillo. Travis seguía con cara de tensión, pero, cuando nos dejaron pasar, relajó los hombros.
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