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Alegría de amaranto: un dulce que cuenta la historia de México
El postre que conquistó al mundo desde un pequeño bar de San Sebastián.
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En septiembre, cuando la mesa mexicana se convierte también en una declaración de identidad, vale la pena mirar hacia uno de nuestros dulces más antiguos. Amaranto, miel y semillas bastan para construir una preparación aparentemente sencilla que conecta el México contemporáneo con sus raíces prehispánicas.
Un dulce anterior a México Mucho antes de que existieran el pozole de las noches patrias, los chiles en nogada o incluso México como nación independiente, el amaranto ya formaba parte de la alimentación de los pueblos mesoamericanos. La historia de la dulcería mexicana no comienza con el azúcar. Antes de la llegada de los españoles se utilizaban ingredientes como miel de maguey, frutas, semillas y cacao para elaborar preparaciones dulces. Con la incorporación posterior del azúcar, la leche y técnicas europeas de repostería comenzó un largo proceso de mestizaje culinario que terminaría construyendo buena parte de la dulcería tradicional que conocemos actualmente.
¿ Por qué una alegría para celebrar septiembre? Porque pocos dulces reúnen de manera tan sencilla ingredientes, territorio e historia. La alegría se prepara fundamentalmente con semillas de amaranto tostadas unidas con miel o piloncillo. Dependiendo de la elaboración, puede incorporar semillas, frutos secos u otros ingredientes. La Secretaría de Agricultura la coloca entre los dulces tradicionales más representativos del país y señala al amaranto como un producto particularmente ligado al campo mexicano. No es casual que este tipo de dulcería cobre una relevancia especial durante septiembre. Material educativo publicado en junio de 2026 por la Nueva Escuela Mexicana señala que los dulces tradicionales forman parte de las celebraciones patrias y funcionan también como expresión del patrimonio gastronómico nacional.
De semilla ancestral a golosina mexicana La alegría resulta especialmente interesante porque su sofisticación no depende de una técnica complicada. Es una preparación de contrastes: el amaranto es diminuto y ligero, pero cuando cientos de semillas quedan unidas mediante miel o piloncillo forman una pieza firme y crujiente. Nueces, pepitas, pasas o frutos secos pueden aportar otra capa de textura. En términos gastronómicos, representa algo que la cocina contemporánea vuelve a valorar: pocos ingredientes, identidad reconocible y protagonismo del producto.
Y quizá por ello tenga mucho más potencial del que normalmente le concedemos. Una alegría puede abandonar momentáneamente el envoltorio del mercado y entrar en una mesa contemporánea: fragmentada sobre un postre cremoso, acompañando chocolate mexicano, convertida en base crujiente de una preparación o presentada junto con frutas y semillas nacionales.
No necesita dejar de ser tradicional para encontrar nuevas formas de servirse.
Septiembre también se celebra con dulces Cuando pensamos en las fiestas patrias, el menú suele concentrar casi toda la atención: pozole, tostadas, pambazos, tamales o chiles en nogada. Sin embargo, las fuentes oficiales mexicanas incluyen también buñuelos, cocadas, alegrías y jericallas dentro de las preparaciones apropiadas para el mes patrio. La dulcería amplía además el mapa de sabores del país. Michoacán tiene sus ates; Puebla, camotes y muéganos; Nuevo León, glorias; diferentes regiones conservan cocadas, jamoncillos, palanquetas y frutas cristalizadas.
Manos al Carbón