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programa que la madre Greyfié trazó a su santa hija, y del cual ésta hizo
ciertamente su regla de conducta.
“He sentido, le decía aquella el 3 de Marzo de 1685134, dulce alegría por el
deseo que Nuestro Señor da a vuestra alma de no pensar más que en amar
mucho a la soberana Bondad sin preocuparos de ninguna otra cosa,
recibiéndolo todo con amor, en el amor y por el amor de su santa voluntad y
Providencia. Decís bien; hay que amar al Dador, y par dedicarse a este santo
amor no hay que reparar si os da o no so da, si lo que pasa en vos viene de su
parte o no. En fin, hija mía, si os consagráis toda al amor de Nuestro Divino
Maestro, puedo deciros, sin comparación, lo que dijo a Santa Magdalena:
“Habéis elegido la mejor parte; espero que jamás os será quitada.” Mientras
estamos en esta vida de miserias, tenemos la dicha de poder crecer en este
amor; en la eternidad no poseeremos de amor sino lo que hayamos adquirido
en este mundo. Es la perla preciosa del Evangelio; hemos de cederlo todo para
adquirirla; es de precio inestimable; pero, a pesar de eso, todos tienen con qué
adquirirla, dando todo lo que tienen por este bien sin igual.”
En otra carta le decía135 la madre Greyfié en 1685;: “Es gran bien poder
trabajar en esta vida en el acrecentamiento del divino amor, y gran misericordia
de Dios que se pueda ejecutar este trabajo a pesar de nuestra miseria. La mía es
tan grande que me llenaría de tedio, si no supiera que este mismo tedio y las
penas que trae consigo, son provechosas para el progreso del puro amor, esto
basta para aceptar humildemente lo que el Señor nos envíe.
“Sufrir suavemente, callarse pacientemente y cumplir nuestro deber
fielmente, es la ciencia de los santos; la que deben estudiar los imperfectos,
como nosotros, hasta la muerte. Creo que nunca pasaréis ni obraréis mejor que
cuando lleguéis aquí , por medio del olvido de vos misma y de vuestros intereses,
abandonándoos a los cuidados de la obediencia y de la celeste Providencia,
sufriendo, callando, obrando como Él lo quiera, sin cuidaros de lo que pueda
ocurrir, Nos debe bastar que la santa Providencia y la verdadera obediencia
sepan perfectamente los caminos para hacernos llegar al puerto seguro del
amor puro y perfecto, de que nos quiere colmar la santísima voluntad de Dios.
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Vida por las contemporáneas, volumen I, pág. 203.
Volumen 1, pág.205