de la señora gorda que conoce bien mis codos que no para de hablar de hospitales y salas de terapia y reírse no se de que, con su carcajada asmática. Mis ojos escapando por una rendija grisácea, Y me aprieta para no dejar escapar mi erección de sus limites. Yo le correspondo feliz con unos movimientos pequeñitos de mi masculinidad.
La camioneta sobre la carretera mojada sonaba a zumbido de moscas. Generalmente siempre que pienso en moscas me da la sensación de carnicería. Aunque en los velorios también hay moscas, sobre todo cuando las cajas de muerto comienzan a sudar y tal parece que el muerto tiene calor y unos deseos inmensos de irse. Las trompetas de un camión grande vinieron acompañadas de un golpe seco, de muchas vueltas y golpes en la cabeza, de sangre salpicando el toldo amarillo. Yo protegiendo a Y. y de mucha gente sobre mí, protegiéndose a si misma. La gallina cloqueaba y daba brinquitos sobre los cuerpos ensangrentados, picaba sobre una cabeza grisácea, comiendo quien sabe qué. Un hilo de sangre hizo un charquito en mi ojo derecho. No pude evitarlo o no supe como. Mis manos apretadas sostenían el cuerpo de Y. que no ofrecía resistencia. Quería soltarla y levantarme de allí pero el peso de la rueda de repuesto se había encargado de dejarme sin fuerzas con un golpe en las costillas. Solo quería proteger a Y pero no podía, solo quería recoger a K y hacer el amor como todos los sábados por la noche, los tres en mi cama, con la inmediatez de dos bocas besándome y buscándose a medias entre ellas la profundidad de cada una. Me falta el aire. Se había acabado todo de la forma más cruel con el augurio de las moscas y del tururaum que parecía haberme advertido todo el tiempo de las vueltas por llegar. La carne de mis costillas parece como si tuviese muchos arroyos de sangre debajo. Como no me di cuenta de que me lo estaban diciendo turn around coño y no di la vuelta y me baje de esta mierda de camioneta cuando pude. Hubiese sido tan fácil bajarme y ya. Quedarme en el medio de cualquier lado rodeado de fango y hierbazales. La lluvia golpeaba los toldos y parecía el acompañamiento de los gemidos y los gritos de las mujeres y los heridos.