gritos de las mujeres y los heridos. Un frenazo fue lo último que sentí antes de cerrar los ojos, en un segundo todo se disipó. Después que las dos rayas de matafriki subieron por mi nariz, unas cosquillitas locas empezaron a inundarme las piernas. La luz de la calle entraba por la puerta de la casa y se perdía en la oscuridad de la habitación. Flotaba y las cosas giraban dejando un rastro detrás, como si mis ojos fuesen una vieja cámara de video, que va grabando imágenes mientras gira colgada de un hilo. En la calle, el sol hacía que las retinas sintieran deseos de salir corriendo, esconderse en la sombra y no dejarse atrapar hasta que el sol se ocultase…
LUIS JIMENEZ HERNANDEZ
LA HABANA, CUBA