Los omniscientes N°9, Marzo 2015 | Page 58

se chupen cada milímetro, mirar y luego amarrarlas a la cama. Erección. Tur eraun. La camioneta se detiene, se escuchaban los violines fraccionados a través del artefacto de la época de Lión Trosky, K abierta de culo para mi y yo metiéndosela . Entrar y salir una y otra vez, ella pasándole la lengua a mi Y y Y mirándome gozar, disfrutar de K. acariciándose los senos. Y me aprieta siente mi músculo, como la oprime con fuerza y sonríe. Me besa. La camioneta da un frenazo, la lluvia se siente por encima del Tur eraun. Una vieja que esta sentada delante de mi levanta el toldo por una esquina y veo la luz. Al fin luz, respiro profundo y me quedo quieto mirando la lluvia que se deshace en miles de pedacitos sobre el asfalto. Mira, nenita, la lluvia. Qué linda, papito, me siento mal. Tengo ganas de vomitar. Tranquila, eso se te pasa ahorita. Cierra los ojos. Beso sus ojos, miro la lluvia de nuevo, la aprieto. Sudo. Le pusieron una multa. Bien puesta. Estos maricones se piensan que uno es una vaca, nunca es suficiente dinero. Mira que calor lloviendo y uno aquí. La camioneta arranca. Turn around. Tureraun. Ahora mas rápido como si el diablo de los toldos amarillos le pinchara el culo, no omnipotente al chofer y en ese mismo momento en que comienza tronar en total eclipse of the Heart, se le escapa una gallina a un señor mayor y comienza a correr por entre las piernas de la gente. Cacarea.

Nothing I can say A total eclipse of the heart (Nasing ai can sei total eclips of de jarrrrrrrrr. Turn around bright eyes. Tur eraun brai aisssssssss)

El señor agarra la gallina entre las piernas de una muchacha con una sayita negra, que abrió bien los ojos y las piernas para suerte de otros cuando la gallina le saltó encima. Luego hubo silencio. Las ruedas de la camioneta suenan como si fuesen dejando su piel sobre el asfalto, mientras el sonido del motor va en aumento, Y con los ojos cerrados tatarea un tururaun más dulce. También ella, invocaba el demonio de Trosky justo en mis oídos. Entre el toldo y un angular de la camioneta entra una luz grisácea. Todo dándome vueltas acompañando la voz de la señora gorda que conoce bien mis codos que no para de hablar de hospitales y salas de terapia y reírse no se de que, con su carcajada asmática. Mis ojos escapando por una rendija grisácea, Y me aprieta para no dejar escapar mi erección de sus limites. Yo le correspondo feliz con unos movimientos pequeñitos de mi masculinidad.