Los omniscientes N°9, Marzo 2015 | Page 51

Me dirán que es posible encontrar la realización personal en este caso. Yo digo que dicha realización es una justificación para encontrarle sentido a la vida; una mentira para consolar los golpes que la verdad nos ha dado, un pretexto para sobrevivir y disfrutar los pequeños placeres que nos aferran a seguir resistiendo. Sin embargo, ¿qué pasaría si decidiéramos a no desarrollar actividad alguna? ¿El mundo se desmoronaría? ¿Quedaríamos reducidos a la condición que tienen los animales?

El ser humano no puede quedarse sin hacer nada, pero el propósito es lo que lidera cada función. Por tanto la carencia del primero, anula al segundo. Relegando así, al trabajo a un lugar donde sólo sirve para matar el tiempo. Justo como les sucede a algunos personajes de la novela "Cien años de soledad", al descubrir lo inútil que es tener objetivos que jamás los dejaran satisfechos; se hace por hacer y sin cumplir su verdadero deseo: que todo acabe.

Sin embargo la sociedad condena a quien desea tomar las riendas de su muerte, desarrollando en el inconsciente la culpabilidad que conlleva el tener este tipo de pensamientos en cada sujeto.

Como bien dijo alguna vez un señor muy sabio: "Hay cosas que de sólo pensarlas, todo termina valiendo madres"…Vaya que tenía razón y esto aplica en todos los ámbitos. La falta de razonamiento en las acciones las exime de todo juicio, debate y discusión. Por lo tanto, la ignorancia (instruida o no) está ligada a la buena consciencia, sana y activa. Si no se sabe lo que se hace, no hay justificación para sentirse mal. El inconsciente es feliz, mientras que el que no lo es, vive atormentado por ideas que merman el corto disfrute de su existencia. Dando como resultado, la total incoherencia en que la humanidad persiste. ¿O será qué hemos sido educados de manera errónea, siendo mal acostumbrados a la idea de que lo correcto es lo que es bueno para nosotros y para nuestros semejantes?