LA INSIGNIFICANCIA DE NUESTRA VIDA.
Absurdo. Con este término se pueden clasificar todos mis actos y pensamientos realizados desde el nacimiento de mi consciencia. ¿Por qué mantener despiertos los sentidos, si están condenados a quedarse dormidos? Y si se tuviera la oportunidad de no ser mortal. ¿Qué sentido tendría estar en un limbo?
Tal vez por eso no existen dioses perpetuos, ni pensamientos que rompan con la monocromática aceptación de las cosas.
He tenido experiencias —como todos— de cuestiones banales, cotidianas, cómicas, románticas y unas un tanto morbosas, y en todas ellas está la presencia de lo irracional.
Por más razonable que sea mí pensar, las acciones no responden a lo que realmente quiero. Creando una angustia difícil de borrar, nacida por el simple hecho de que no hay algo que realmente quiera hacer, mas debo efectuarlas por la presión que ejerce mi instinto de supervivencia.
En este punto es donde encuentro que no soy el único que siente lo que yo percibo.
Observo a todos los trabajadores menospreciados por la sociedad, los cuales siguen el mismo patrón de comportamiento en su día a día: abren los ojos, se levantan de la cama y se dirigen a su lugar de labores. Al término de éstos, regresan a sus casas y prosiguen con las tareas domésticas o actividades de entretenimiento, para después irse a dormir. Lo anterior puede tener sus variaciones, pero en esencia, se hace lo mismo la mayor parte del tiempo. Por esto me pregunto: ¿Tiene sentido pasar las tres cuartas partes de nuestra vida, haciendo una labor que sólo sustenta nuestras necesidades primarias, para después terminar en el mismo agujero?