donde estaban ellos, su piel de ébano brillaba y su juvenil sonrisa inundaba todo el lugar. Fotógrafo y chica no desaprovecharon la belleza del sitio y la luz espléndida que proveía el sol naciente a esa hora de la mañana, para tomar numerosas fotos desde distintos ángulos, con lo cual embellecieron aún más el agradable panorama que se regalaba a sus ojos.
Una ducha de agua caliente les devolvió la vida. A medida que avanzaba la mañana, aquel puerto despertaba de su letargo nocturno y efectivamente, pudieron cerciorarse de que al menos en muchas semanas no habían tenido ni tormentas, ni temporales por allí, así que a esas alturas de los acontecimientos, casi se podían reir de su propia paranoia, cuando llegaron al lugar para resguardarse del temporal.
Una vez que descansaron lo suficiente, decidieron quedarse un par de días en aquel puerto. El pequeño muelle, cinco pantalanes, una decena de restaurantes, la torre de control rodeada de hermosas terrazas, los servivios a lo largo del puerto, una entrada con un pequeño espacio que hacía las veces de centro comercial, todas las dependencias pintadas de ese azul, que asemeja el azul del mar, hacían de aquel pequeño puerto, un lugar hermoso. Los barcos de tránsito, los centros de buceo, el catamarán turístico, las motos de agua y la faena de los pescadores del lugar le daban vida.
Hoy con la foto entre sus manos, recuerda el día que zarparon muy temprano en la mañana, la misma calma y silencio que los recibiera cuando llegaron, los despidió. La guapa morena le había regalado una foto a propósito de una agradable tertulia que tuvieron la noche anterior de su partida en uno de los restaurantes del lugar. Pedro, con el ímpetu de sus 21 años, se había quedado prendado de la cabellera larga, de la amplia sonrisa y de la imagen de la hermosa chica que desde la terraza de la torre de control los despidió con su mano extendida.
María de la Luz (VENEZUELA)