Los omniscientes N°9, Marzo 2015 | Page 41

BUSCANDO EL NORTE

Y ahí se encontraba, en medio de tantas y tantas vidas ajenas, esperando la salida del autobús que lo llevase a la capital, que pudiese acercarle aún más a ese amor soñado. En apenas una bolsa de viaje llevaba sus pertenencias. Serían unos días, unas semanas, quien sabe, tal vez unos meses, unos años o toda la vida. Tienes una ligera idea de cuando partes, pero jamás tienes la garantía de saber cuando regresarás. Ojalá la suerte estuviese de su lado esta vez.

Había desayunado un café y unas tostadas con mermelada de fresa en casa, antes de salir a la estación. No se despidió de nadie y nadie probablemente extrañase su ausencia.

La mañana lucía un sol primaveral y las mariposas alocadas que podía sentir en el estómago le anunciaron que se habían despertado. Miró el reloj y comprobó que faltaban veinte minutos para salir. El autobús había estacionado en la dársena correspondiente. Se dirigió a los baños, pues tenía los nervios a flor de piel.

Salió unos minutos después hacia el autobús. El conductor había abierto las puertas y ya había algún pasajero subiendo. Le mostró el billete y éste le indicó el asiento que debía ocupar. Por delante tenía muchas horas de viaje. Lo mejor sería sentarse cómodamente y relajarse, con la música, el paisaje o los pensamientos. Cerró los ojos y al cabo de unos minutos salían de la estación. Destino....hacia su sueño.

Llegó a la capital a las cuatro de la tarde. El viaje había resultado un tanto molesto. No tanto por los compañeros que viajaban con él, sino por sus propios nervios. Hacía un par de horas que se había tomado un bocadillo de tortilla preparado la noche anterior en su hasta ahora hogar. Conservaba un buen sabor de boca, pero decidió mejorarlo con un café. Disponía de una hora hasta coger el siguiente autobús que lo llevase al destino definitivo. Tenía las piernas entumecidas. Caminó tambaleándose un poco y recogió su escaso equipaje. Encaminó sus pasos hacia los servicios de la cafetería. Por suerte no había cola para entrar en el aseo de caballeros. Alguna que otra mujer lo miró de reojo mientras esperaban turno para ir al baño. Parece que el número de mujeres se había triplicado en ese momento. Se fijó un poco más al cerrar la puerta de los urinarios y vio que eran unas chicas de apenas quince años, todas con uniformes y alguna que otra religiosa pululaba por ahí intentando poner orden. Ufff... que alivio. Se sentó en la taza del baño.