Los omniscientes N°9, Marzo 2015 | Page 42

número de mujeres se había triplicado en ese momento. Se fijó un poco más al cerrar la puerta de los urinarios y vio que eran unas chicas de apenas quince años, todas con uniformes y alguna que otra religiosa pululaba por ahí intentando poner orden. Ufff... que alivio. Se sentó en la taza del baño. Estaba tan cansado en aquellos momentos que hasta el orinar de pie suponía un esfuerzo. Se fijó en la puerta y leyó alguna de las cosas que ponían por allí. Es tan curioso el universo que se encierra en una puerta de un urinario, de una cafetería , de una estación...Decidió que estamparía su señal allí, por si alguna vez decidía regresar . Y así lo hizo.

Ya en la cafetería se tomó tranquilamente su café. Leyó por encima la prensa y vio como se alejaba aquel tropel de féminas . Serán excursionistas, pensó. Un poco más despejado y reconfortado por el café, pagó al camarero y se fue. Se dirigió hacia la dársena donde ya estaba estacionado el último autobús que lo llevaría hacía el cielo al anochecer.

Con notable puntualidad el autobús llegó a la estación. Este tramo final de viaje fue para su sorpresa mejor de lo esperado. Había dormido durante un par de horas y de no ser por un estornudo de una joven unos asientos más atrás, hubiese seguido dormido otra hora más.

Ya había oscurecido por completo, pero apenas eran las nueve de la noche. Los días de invierno eran así. Una serie de personas esperaban, unas para partir, otras para recibir a alguien. Bajó del autobús y tomó su equipaje. Miró a uno y otro lado, pero no logró ver a nadie conocido. El corazón entonces empezó a latirle con más fuerza y un sudor frío se apoderó de él. Fue entonces cuando detrás de aquella familia y de todas esas maletas surgió ella. Su princesa. Bueno...a decir verdad, lo que le vino a la mente fue Caperucita Roja. Llevaba una cazadora de cuero roja y ¡caray¡...Sus miradas se encontraron. Por unos segundos ambos se sintieron incapaces de moverse. Ella se acercó poco a poco. Él la miró a los ojos y se sintió más lobo que nunca.

Ana Santamaría Benavides, de León (España).