despedirse de mí. Noté, por sus gestos, que el dolor de cabeza tampoco había desaparecido en ella. Nos despedimos de la manera más fría posible. Yo aún tenía el periódico en la mano; lo abrí para leerlo. Salté hacía los nombres de aquellos dos míseros seres…
¡Mierda! –pensé –no le pregunté su nombre.
Traté de alcanzarla, pero caminaba presurosamente.
¡Oye! –grité- ¡¿Cuál es tu nombre?!
Ella volteó fijando su mirada en mí y siguió caminando de frente a mí.
-Mi nombre es María Luisa…-una espesa niebla la envolvió. Traté de escucharla, pero había desaparecido. Bajé la vista y continúe leyendo: “… María Luisa González”, y, al lado del suyo, reconocí mi nombre.
Pablo Javier Salvatierra Lemus
Guatemala