Un blanco inmaculado.
Poco a poco, suavemente, dulcemente, despertó. Le sorprendió el resplandor de la luz blanca que había en la estancia. No tenía ni idea de dónde estaba ni noción del tiempo. Se sentía extraño. Le había costado despegar los párpados y el resto de cuerpo apenas le obedecía. Estaba tendido boca arriba, prácticamente inmóvil, en una estancia inundada de luz, sin apenas ningún sonido. A duras penas consiguió percatarse de que otros cuerpos a su alrededor parecían estar en una situación similar. Nadie se movía. Reinaba el silencio, la luz y un blanco inmaculado.
Su mente no se aclaraba. No recordaba nada. Tenía la vaga impresión de que en un momento anterior, no sabía cuánto tiempo antes, la conciencia le había abandonado frente a una potente luz blanca. Una luz que no desapareció, que siguió allí, como un brillante foco al final de un túnel.
Cerró de nuevo los ojos. Cansado, se sentía cansado. Empezó a barajar hipótesis, dentro de lo limitado de su estado mental, sobre su situación. Aprensivo, como era por naturaleza, la primera era la más obvia: ¿Estaría muerto? Y, en tal caso... ¿Aquella era la sala de espera del cielo o del infierno?, ¿Quizás el purgatorio?
De férreas convicciones religiosas, empezó, sin embargo, a inquietarse ante aquella posibilidad. Inició un rápido repaso de sus recuerdos vitales, tratando de autoevaluarse, de averiguar por sí mismo y antes del desenlace, si era merecedor del mejor de los destinos o, por el contrario, si arder en el infierno era lo que había merecido.
¿Había sido un buen cristiano? Nunca quiso hacer daño a nadie...bueno, casi nunca. Tuvo que sincerarse consigo mismo, no era momento para medias verdades. Alguna vez se dejó llevar por la ira, por la envidia, por la codicia. No había sido una mala persona, al menos no del todo...