Los omniscientes N° 5 , Noviembre 2014 | Page 52

llevar por la ira, por la envidia, por la codicia. No había sido una mala persona, al menos no del todo...

Pensó en cómo se había forjado su carrera profesional. Los cadáveres que dejó en la cuneta, en dura pugna por mejorar su posición. Ahí si es cierto que no tuvo piedad. Pero la suya era una profesión de mucha competencia. Si querías sobrevivir y hacerte un nombre, no te podías andar con remilgos. Salió de la Facultad cargado de buenos propósitos, como casi todos. No podía cambiar el mundo, pero lucharía por la justicia y la defensa de los más débiles. Aceptó, al principio, cualquier asunto que le pudiese reportar algún beneficio. El despacho tenía que empezar a funcionar y de algo hay que vivir. Con el tiempo y cuando ya empezó a labrarse un nombre, se fue haciendo cargo de los casos realmente complicados, los más perdidos, los delincuentes más peligrosos. Todos tenían derecho de defensa, era su argumento y era un buen argumento. Pero también era ahí donde estaba el dinero y en época de crisis.... Sin embargo, ahora era consciente de cómo aquellos ideales del principio se habían perdido en el camino. En la dura pugna por la supervivencia, había dejado de lado sus convicciones y se había transformado en lo que no deseaba ser. Solo ahora se daba cuenta.

Además, atrapado por el exigente ritmo de trabajo que se tuvo que imponer, había abandonado completamente a su familia, no tenía tiempo para disfrutar de su mujer y de sus hijos. Es algo que ella le reclamaba siempre. A punto de la separación habían estado más de una vez. A sus hijos apenas los vio crecer. Un día, de repente, se dio cuenta de que ya eran adolescentes. Pero él, metido en una espiral sin fin de la que era incapaz de salir, solo tenía tiempo para pensar en su agenda. Se acostaba repasando la agenda. Se levantaba mirando la agenda. Toda su vida giraba en torno a su agenda.

Empezaba a temerse lo peor. Notó como un sudor frío le empezaba a recorrer la frente. ¡Si pudiera volver a empezar! Lo dejaría todo, cerraría el despacho. Se dedicaría a sus hijos, a su mujer. Se haría miembro de alguna ONG. Iría a África a colaborar en la lucha contra el hambre y las epidemias. Estaba decidido. "¡Dios, dame una segunda oportunidad, te lo ruego!"