Los omniscientes N° 5 , Noviembre 2014 | Page 49

llamaba a conciliar los pensamientos. Mis pasos, lentos y solemnes, quebrando aún más los imposibles huesos de aquellos restos, se alienaban con la apaciguada mañana que conmovía el alma.

En aquél camino vacío, donde la paradoja se hacía presente ante lo vivo y lo yerto, se concitaban en mi mente ideas que dirimían entre lo filosófico y lo espiritual. El fragante aroma de aquél cementerio insospechado, inexistente para muchos a los que las prisas cegaban en lo físico y en lo emocional, hacía elevar mi consciencia hacia un grado desconocido sobre aquello que discurre a nuestro alrededor y apenas observamos. Esa vida paralela que no somos capaces siquiera de adivinar, que pasa junto a nosotros muda pero gritando sus gestos en olores y colores.

En mitad de aquella travesía bucólica, acompañado del trinar incansable de gorriones y las últimas golondrinas que aún quedaban, entre lo expirado y el instinto innato de respirar el oxígeno que llenaba todo de vida, encontré mi destino; un pequeño y reconfortante rincón del cuál salía un hipnótico aroma a grano de café tostado.

Al entrar, observé la estampa quieta de los clientes, sentados todos, leyendo unos la prensa, otros conversando y el resto sólo disfrutando del sosiego ante el deseado manjar líquido. Miré atrás y un breve golpe de aire, algo más gélido de lo que había soportado en todo el trayecto, pareció empujarme al interior del local. Pedí un café cortado a un hombre enjuto, entrado en años y con cara de bonachón, que me atendió con una sincera sonrisa, y me dispuse a sentarme en una mesa junto al único ventanal que allí había.

Apostado en mi asiento, acompañado tan sólo por la indiferencia de cuantos allí habían, mi mente divagó de forma impredecible por un instante, y mi corazón se entristeció tan rápido como aquél pensamiento surgió. Dirigí la mirada, desde la amplia cristalera hacia el atento camarero y recorrí con la vista, sin mucha urgencia, aquella estancia. "Todos somos hojas" -pensé. Nuestra existencia pasa inadvertida para la mayoría, aunque nos sintamos especiales en nuestro entorno, ante quienes nos aman. Por mucho que seamos capaces de iluminar, de dar sentido, de hacer vibrar a quienes nos rodean.